Tenía 16 años cuando el país dejó de ser una idea lejana y se volvió, de pronto, una herida abierta frente a mis ojos.
Fue a fines de agosto. Recuerdo que a mi casa, en Huaraz, llegó una invitación que entonces me pareció apenas una curiosidad: un encuentro entre estudiantes y líderes rurales en una comunidad llamada Huambo, en la provincia de Recuay. Detrás de esa invitación estaba el SINAMOS (Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social), y la ORAMS 3 (Oficina Regional de Apoyo a la Movilización Social), ambos partes de la maquinaria de un Estado que buscaba acercar mundos distintos. Aquellos nombres luego me resultarían plenamente familiares.
Acepté sin pensarlo demasiado. A esa edad, uno cree que los viajes son solo desplazamientos y no umbrales.
El trayecto fue largo. La carretera se estiraba entre montañas, como si el tiempo también se adelgazara con la altura. Más de dos horas y media desde Huaraz, y luego el ascenso final: cuarenta y cinco minutos a pie, cuesta arriba, con el aire volviéndose cada vez más escaso, más ajeno. Huambo aparecía allá arriba, a más de cuatro mil metros, como un silencio detenido en el cielo.
Lo que encontré no fue un paisaje, sino un golpe.
Las casas de adobe, los techos tejidos de ichu (pasto característico de zonas altoandinas), los pisos de tierra. Todo hablaba sin palabras. La pobreza no era una abstracción ni una cifra: tenía textura, olor, temperatura. Se adhería a la piel y al pensamiento. Era imposible no sentirla.
Me alojaron en una de esas viviendas. Recuerdo el cuarto: sombrío, desnudo, reducido a su mínima expresión. Pero no fue ese espacio lo que más me marcó, sino una voz.
Durante una reunión, un dirigente comunal tomó la palabra. No alzó la voz, no gesticuló en exceso, no buscó convencer. Simplemente habló. Y en su forma de describir la realidad había una claridad que desarmaba. No era teoría ni retórica: era vida decantada en palabras. Escucharlo fue como perder el equilibrio; de pronto, todo lo que creía entender se volvió insuficiente.
Ese día, los comuneros nos recibieron como si nuestra presencia fuera motivo de celebración. Había sonrisas, gestos generosos, una hospitalidad que no pedía nada a cambio. Prepararon una pachamanca, removiendo la tierra como si en ese acto también afirmaran su vínculo con ella. Pero llegó el momento del almuerzo, y con él, otra revelación.
El plato era sencillo. Demasiado. Lo que para mí podía ser apenas una comida ligera y de mala calidad, allí era una excepción. Algo extraordinario. Y entonces surgió la pregunta -inevitable, incómoda- : ¿Qué comen cuando no hay visita, cuando no hay celebración, cuando nadie mira? Sentí un nudo en la garganta, los ojos enjugados en lágrimas. No era compasión: era desconcierto, una forma nueva de mirar que dolía.
Alrededor, el paisaje imponía su grandeza. El cielo parecía más cercano, como si hubiese descendido unos metros para rozar la tierra. Y en lo alto, los cóndores trazaban círculos lentos, majestuosos. Había en esa imagen una contradicción imposible de ignorar: tanta inmensidad, tanta belleza… y, al mismo tiempo, tanta inequidad, tanta dureza para vivir.
Ese viaje no terminó cuando regresé.
Algo se había desplazado dentro de mí. Como si una capa se hubiese rasgado y dejara ver lo que siempre estuvo ahí, pero que yo no había sabido mirar. Entendí, sin necesidad de que nadie me lo explicara, que el país era más complejo, más desigual, más urgente de lo que imaginaba. Desde entonces, mirar ya no fue un acto inocente… Y tampoco volvió a ser suficiente.