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OPINIÓN/ Cuando la vergüenza estorba

NO ATRACO

Por: Elmer Barrio de Mendoza

 

Sánchez nunca fue nada notable, lo sabe, y volverá a ser lo mismo que siempre fue. Su destino es la extinción

Roberto Sánchez ha demostrado carecer del mínimo rubor. No le alcanzó haber hecho el ridículo, vía sus abogados, ante el Jurado Nacional de Elecciones, sin el más breve elemento de prueba, únicamente especulaciones por las que asoman gruesas mentiras.

Ahora pretende desconocer los resultados electorales antes de que el proceso culmine, usando los mismos argumentos fantasmales e insensatos y anuncia la desobediencia civil desde hoy. En buena hora que nos notifique de una vez que se proclama antidemócrata y que se coloca fuera de la Ley.

Pero no sólo anuncia que adopta una postura ilegal, además agravia al Canciller y al tan prestigiado servicio diplomático peruano y al mismo tiempo afrenta a la comunidad peruana en el exterior y a sus familias dentro del país, afirmando sin el menor elemento de convicción, que su voto ha devenido fraudulento y que pretende anularlo como condición para el reconocimiento de las decisiones de la autoridad electoral. ¿Quién le ha dicho que existe un solo ciudadano peruano, a quien le asista ese derecho? Peor aun cuando hace muy poquito juró por todas partes que respetaría los resultados oficiales.

Sánchez siempre fue un personaje oscuro a la vez que invisible, salvo cuando Yehude Simon lo tomó como amanuense, sin saber que luego le birlaría el partido. Como parlamentario hizo poco y nada. Como ministro, nada y peor. Cubrió sus escasos pelos oleaginosos con un sombrero prestado y tomó las pocas luces que allí habitaban como propias, pero hay sumas que sólo restan. El resultado fue un desastre político

“Ay mis cabellicos maire, uno a uno se los lleva el aire”, decía Carvajal cuando sus tropas pizarristas empezaban a desertar ante La Gasca.

Se fue Manuel Rodríguez, desapareció Chau López, ahora senador. Belmont probablemente está en tratamiento geriátrico de urgencia para su campaña municipal. Forsyth volvió a las andadas. ¿Estuvo Francke alguna vez? Sólo José Domingo lo acompaña hasta su previsible internamiento clínico, junto con el matador Antauro y la desbocada Claudia. Tuvo su cuarto de hora Bobby y no lo supo aprovechar. Ha entrado en desesperación intensa y parece más extraviado que sus allegados más cercanos.

Los otros no están con él, tienen otro jefe histórico, Gonzalo, y otro jefe actual, Castillo, que ya está pidiendo de vuelta su sombrero. Sánchez nunca fue nada notable, lo sabe, y volverá a ser lo mismo que siempre fue. Su destino es la extinción.

Lo único bueno de todo esto es que el resumen dice una sola cosa: ¡Perdimos! Y ante esto, algunos salvos tendrán la oportunidad de arrepentirse. Lo último es obviamente una figura. Pero abre la puerta a cualquier peruano de bien, que aunque equivocado en su momento, esté dispuesto a aportar de la mejor buena fe. Ojalá la ganadora circunstancial comprenda que la hora le impone grandeza (y le da escaso margen de error) para restaurar la unidad nacional tan pocas veces atisbada en nuestra historia.

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