El Perú ha visto, en las últimas dos décadas, una sucesión de presidentes vacados, procesados o presos. Ha aprendido, casi a la fuerza, una lección que otras democracias más estables dan por sentada: que el gobierno no es el país, sino apenas su administrador temporal
Hay una frase que reaparece cada cierto tiempo en el discurso público peruano, casi siempre en boca de quien gobierna: el éxito del gobierno es el éxito del país. Suena como un llamado a la unidad. Pero conviene detenerse un momento antes de aceptarla o rechazarla de plano, porque detrás de esa frase hay una pregunta más incómoda y más antigua que cualquier gobierno de turno: ¿a quién pertenece, en realidad, la idea de país?
Quien defiende la ecuación suele apoyarse en algo tangible. Un camino asfaltado que antes era trocha. Una cifra de crecimiento que aparece en los reportes internacionales. Una familia que, por primera vez, tiene acceso a agua potable. Son hechos, no relatos, y merecen reconocerse como tales. Sería una forma de ceguera negar que ciertas decisiones de política pública mejoran, en efecto, la vida de millones de personas que no votaron por quien las tomó. En ese sentido estrecho y verificable, sí hay una franja donde gobierno y país se tocan: la obra que se construye no le pregunta al ciudadano su filiación política antes de servirle.
Pero ahí, exactamente donde el argumento parece más sólido, empieza también su fragilidad. Porque un puente no redime una intercepción telefónica ilegal, ni una cifra de empleo formal compensa una fiscalía capturada. La frase «el éxito del gobierno es el éxito del país«, rara vez se pronuncia para celebrar un puente. Se pronuncia, casi siempre, para callar una pregunta incómoda. Y ese uso más retórico que descriptivo es el que ha ido envenenando la idea de fondo hasta volverla sospechosa por default.
Vale la pena preguntarse por qué. El Perú ha visto, en las últimas dos décadas, una sucesión de presidentes vacados, procesados o presos. Ha aprendido, casi a la fuerza, una lección que otras democracias más estables dan por sentada: que el gobierno no es el país, sino apenas su administrador temporal. Es una distinción que puede sonar técnica, pero es en realidad el cimiento silencioso de cualquier república.
Cuando un gobierno se confunde con la nación que gobierna, deja de rendir cuentas ante ella; se convierte en su dueño, no en su servidor. Esa es la memoria —reciente, dolorosa— que hace que muchos peruanos desconfíen instintivamente de cualquiera que intente fusionar ambas cosas.
Hay, además, una distancia más silenciosa que rara vez entra en los discursos oficiales: la que separa el dato del cuerpo que lo vive. El PBI puede crecer mientras alguien sigue esperando el bus bajo la lluvia. La inflación puede ceder mientras alguien sigue cerrando la puerta con miedo. No es que las cifras mientan; es que no bastan para nombrar una vida entera. Y cuando un gobierno insiste en que sus números equivalen al bienestar del país, lo que en realidad hace es pedirle a la gente que desconfíe de su propia experiencia. Pocas cosas generan más rechazo que eso.
Quizás la pregunta que vale la pena hacerse no es cómo convencer al escéptico, sino por qué hace falta tanto esfuerzo para convencerlo de algo que, de ser cierto, debería resultar evidente por sí mismo. Las cosas genuinamente sólidas rara vez necesitan campañas de persuasión; se explican solas. Un logro real se comprueba: ahí está el puente, ahí está la cifra, cualquiera puede verificarla y el resultado no cambia por más que se le examine con lupa. Lo que sí exige insistencia constante, en cambio, es aquello que no resiste ese examen y por eso necesita apoyarse en la lealtad del ciudadano más que en la evidencia.
Al final, tal vez la madurez cívica no consiste en aceptar que gobierno y nación son la misma cosa, ni en negar cada logro por venir de quien viene. Consiste en algo más humilde y a la vez más exigente: mantener a la vez la capacidad de valorar los aciertos y la disposición a cuestionar los errores.
Ningún gobierno es dueño del país que administra, por más tiempo que ocupe el poder. El país, con todas sus tensiones y contradicciones, sigue siendo de su gente: de quienes continuarán ahí mucho después de que esa gestión se haya convertido en una página más de la historia.