OPINIÓN/ Diplomacia militar: el diálogo que preserva la paz
Escribe: Ricardo Sánchez Serra

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Ejemplo vivo de diplomacia: Los agregados militares en Lima mostraron que la cortesía y el diálogo son armas de paz más poderosas que cualquier protocolo vacío.
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En la recepción conmemorativa por el Día de las Fuerzas Armadas del Ecuador en Lima se produjo una escena que merece ser destacada como una auténtica lección de diplomacia contemporánea. Los agregados militares de Italia, Estados Unidos, Rusia y China conversaban con cordialidad y espíritu de confraternidad, mientras, en otro espacio, intercambiaban impresiones los agregados de Chile y Argentina junto a un general peruano. En otra instantánea, el embajador del Ecuador, Galo Yépez, posaba junto a ellos en un ambiente de respeto y entendimiento mutuo.
Aquellas imágenes -captadas por el suscrito- no constituyen simples recuerdos protocolares. Son símbolos de lo que la diplomacia debe representar en su expresión más elevada: puentes de diálogo, convivencia civilizada, tolerancia y respeto entre naciones, aun en medio de profundas diferencias geopolíticas. La cortesía jamás debilita la firmeza; por el contrario, la ennoblece. Y los militares presentes lo demostraron con naturalidad, sobriedad y dignidad.
El contraste con ciertas prácticas de la diplomacia civil resulta inevitable. En algunas recepciones oficiales se observa a embajadores que evitan saludarse, rehúyen el diálogo o incluso excluyen a colegas de actividades protocolares. Tales conductas desnaturalizan la misión esencial del diplomático, cuya razón de ser consiste precisamente en acercar posiciones, tender puentes y preservar canales de entendimiento, incluso en los momentos más difíciles.
La diplomacia militar, en cambio, suele ofrecer una enseñanza silenciosa pero profunda. Como señaló Juan Pablo Toro, director de AthenaLab: “La diplomacia militar es crucial para apoyar la política exterior, pues no solo establece las bases para un diálogo sostenido y confiable en materia de seguridad y defensa, sino que también sirve para despejar malentendidos en momentos de crisis”.

Y añadió: “Embajadores y agregados de defensa trabajan por los mismos objetivos nacionales, aunque por vías diferentes, aprovechando siempre sus relaciones para posicionar mejor a sus países”.
Los militares enseñan, muchas veces, con el ejemplo. Preparados para la guerra, suelen ser quienes comprenden con mayor claridad el verdadero valor de la paz.
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Preparados para la guerra, pero defensores de la paz: Los altos mandos peruanos, conscientes del costo humano del conflicto, sorprendieron al preferir la paz frente a un canciller que optaba por la confrontación.
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Recuerdo que hace algunos años el prestigioso excanciller Fernando de Trazegnies, incansable en la búsqueda de un acuerdo definitivo que permitiera alcanzar la paz y el cierre de fronteras con el Ecuador, me relató un episodio revelador ocurrido durante las decisivas negociaciones de los años noventa.
Según su testimonio, el entonces presidente Alberto Fujimori convocó en Palacio de Gobierno a una reunión de la más alta importancia estratégica. Participaron el presidente del Consejo de Ministros, el canciller Eduardo Ferrero Costa, el propio De Trazegnies -quien actuaba como enviado especial para las negociaciones con las autoridades ecuatorianas- y los altos mandos de las Fuerzas Armadas peruanas. El tema central era Tiwinza, cuya cesión constituía uno de los requisitos fundamentales para alcanzar la paz definitiva entre ambos países.
De Trazegnies propuso entonces una fórmula de extraordinaria sutileza diplomática y jurídica: entregar Tiwinza sin cesión de soberanía peruana, bajo un esquema semejante al de ciertos cementerios militares alemanes en Francia y Bélgica, administrados por Alemania, aunque bajo soberanía de dichos Estados. La propuesta reconocía el enorme valor simbólico que ese kilómetro cuadrado tenía para el Ecuador, pues allí habían caído numerosos soldados ecuatorianos durante el conflicto.
El canciller Ferrero Costa expresó su oposición a dicha fórmula y sostuvo que prefería una “paz armada”. Fue entonces cuando ocurrió un hecho que, por su profundidad moral y política, merece ser recordado. Los altos mandos militares peruanos manifestaron su extrañeza ante la posición del canciller. Señalaron que ellos, formados y preparados para la guerra, preferían, sin embargo, la paz; y que les sorprendía que precisamente un diplomático, cuya misión natural consiste en evitar el conflicto y construir entendimientos, pareciera inclinarse por una lógica de confrontación.
Aquella escena encierra una profunda lección histórica: quienes conocen de cerca el horror y el costo humano de la guerra suelen comprender con mayor claridad el valor supremo de la paz. El presidente Alberto Fujimori respaldó finalmente la fórmula planteada por Fernando de Trazegnies, privilegiando el entendimiento y la reconciliación por encima de posiciones inflexibles. Poco después, Eduardo Ferrero Costa renunció al cargo; las negociaciones continuaron avanzando de manera favorable y culminaron en el histórico acuerdo de paz que consolidó definitivamente las relaciones entre Perú y Ecuador, permitió el cierre definitivo de las cuestiones fronterizas pendientes y puso fin a décadas de tensiones, desconfianzas y enfrentamientos entre ambas naciones.
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Puentes que dignifican la diplomacia: Mientras algunos embajadores rehúyen el diálogo y excluyen a colegas, los militares enseñan que la verdadera grandeza diplomática reside en la cortesía y el entendimiento.
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