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Opinión/El ataúd vertical

Por: Luis Gonzales Posada.

He solicitado a un amigo que reside en Nueva York que visite el Centro de Detención de Brooklyn para entregar al reo Nicolás Maduro el libro publicado por el capitán de navío Luis Humberto de la Sotta, oficial de familia peruana, en el que narra los actos de barbarie que padeció durante 1,960 días por acción de cobardes y despiadados esbirros de la Dirección de Contrainteligencia Militar, aparato represivo del chavismo.

El oficial trabajaba en la Base Naval de Turiamo, estado Aragua, hasta que, la tarde del 19 de mayo de 2018, aterrizó un helicóptero con siete personas que vestían “ropa táctica negra, chalecos antibalas y fusiles de asalto M4”.

Sin orden judicial, lo trasladaron esposado a un cuartel en Caracas, donde “cuatro hombres ingresaron portando palos de madera a modo de bastones, una goma elástica gruesa y bolsas plásticas transparentes de basura”.

Así comenzaba su tortura para obligarlo a revelar información sobre un complot que desconocía.

Cuenta el marino que lo enmarrocaron hasta hacerle sangrar las muñecas y luego introdujeron seis veces su cabeza en una bolsa de plástico, que retiraban cuando se ahogaba. Lo primero que escuchó de sus captores fue: “A tu esposa la vamos a violar y a tu hijo lo vamos a traer aquí y vamos a hacerle exactamente lo mismo que a ti”.

De la Sotta relata: “El terror que sentí en ese momento no tiene palabras. No era solo miedo a morir. Era la impotencia absoluta de estar a merced de psicópatas que disfrutaban con mi sufrimiento. La nariz sangraba sin parar. La sangre se acumulaba en mi garganta y, cuando trataba de escupirla, salpicaba contra la venda”.

Después lo introdujeron en un ataúd vertical, “con total oscuridad y casi sin aire, donde permanecía inmóvil, sin poder moverme, sentarme ni acostarme. El espacio era claustrofóbico. Mis hombros tocaban las paredes de metal a ambos lados. No podía moverme hacia adelante ni hacia atrás. Solo podía estar de pie, perfectamente vertical. Me esposaron las manos detrás de la espalda y luego cerraron la puerta”.

Este suplicio se prolongó al trasladarlo a la “casa de los sueños”, espacio donde dormía en una litera de concreto, sin colchón, con una cámara de vigilancia en el techo y “una luz encendida las 24 horas del día”.

El relato registra nombres y apellidos de 35 militares y policías torturadores, varios de ellos ascendidos como premio a la barbarie.

Es significativo, asimismo, que el autor honre la memoria del capitán de corbeta Rafael Acosta Arévalo, asesinado a palos y puntapiés. La autopsia reveló que falleció por “trauma craneoencefálico severo, fracturas costales múltiples, hemorragias internas y daño renal agudo”.

Estos hechos fueron denunciados ante la ONU y la OEA, sin ningún resultado.

De la Sotta recobró la libertad gracias a la dura batalla librada por su hermana Molly, quien había tomado la precaución de inscribirlo en nuestro consulado en Caracas. Con la copia de esa inscripción visité a la canciller Ana Cecilia Gervasi, quien ordenó que nuestra representación diplomática exigiera su inmediata libertad. La firme posición de la embajadora Gervasi, cuya memoria honramos, tuvo efecto inmediato, y De la Sotta fue trasladado a la embajada peruana y, de ahí, embarcado a nuestro país.

Habían concluido, así, más de cinco años de terror, pero todavía hay 386 presos políticos en Venezuela, por cuya libertad debemos luchar.

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