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OPINIÓN/ El clima no cambiará. El Estado sí puede hacerlo.

Escribe: Julio César Villafuerte

 

«Seguimos esperando que la naturaleza cambie. Tal vez llegó el momento de cambiar nosotros.»

Hace unos días escuché nuevamente una frase repetida hasta el cansancio: «el cambio climático está provocando estos desastres». No niego la influencia del cambio climático. Sería absurdo hacerlo. Pero sí creo que esa explicación, repetida como un mantra, nos está impidiendo hacer la pregunta realmente incómoda.

¿Por qué el mismo fenómeno produce tragedias completamente distintas según el país donde ocurre?

Cada invierno Chile recibe sistemas frontales intensos. Japón soporta tifones. Estados Unidos convive con huracanes. Europa enfrenta inundaciones. Todos sufren daños. Pero muy pocos convierten cada temporada climática en una crisis nacional.

Entonces el problema deja de ser únicamente el clima. Empieza a ser el Estado.

Durante décadas hemos construido una narrativa peligrosa. Cada vez que aparece El Niño decimos que «la naturaleza nos sorprendió».

Sin embargo, El Niño no sorprende. Llevamos más de cincuenta años estudiándolo. Sabemos cómo evoluciona el océano. Sabemos cuándo comienzan las ondas Kelvin. Sabemos interpretar anomalías de temperatura superficial y subsuperficial. Sabemos leer la Oscilación del Sur, la MJO, los modelos dinámicos y estadísticos.

Lo que no sabemos hacer es convertir ese conocimiento en decisiones públicas. Y allí está el verdadero fracaso.

Cada gobierno parece comenzar desde cero. Cada temporada de lluvias reactiva las mismas reuniones. Los mismos mapas. Las mismas promesas. Los mismos presupuestos de emergencia.

Y, finalmente, las mismas fotografías de carreteras destruidas, hospitales inundados y agricultores perdiendo sus cosechas.

resulta cómodo culpar únicamente al clima

No hemos construido memoria institucional. Hemos construido memoria del desastre. Existe una diferencia enorme entre estudiar el clima y gestionar el riesgo. La ciencia puede decirnos que existe un 70 % de probabilidad de un evento cálido. Lo que la ciencia nunca podrá decidir es dónde construir una carretera, qué puente reforzar, qué ciudad necesita drenaje pluvial o cuánto invertir en estaciones meteorológicas y radares.

Eso pertenece al Estado. Por eso resulta cómodo culpar únicamente al clima.

Porque el clima no vota. No responde preguntas. No comparece ante el Congreso. No administra presupuestos. La atmósfera simplemente hace lo que siempre ha hecho. Somos nosotros quienes decidimos exponernos.

Y esa diferencia cambia completamente la conversación. Tal vez el mejor ejemplo sea el Fenómeno El Niño de 1997-1998. Muchas veces se recuerda por la enorme intensidad oceánica y atmosférica. Pero pocas veces se analiza cuánto cambió el Perú después.

Se reconstruyó infraestructura. Se mejoraron algunos sistemas de monitoreo. Se aprendieron lecciones. Sin embargo, casi treinta años después seguimos discutiendo exactamente los mismos problemas.

No es una falla de la meteorología. Es una falla de continuidad.

Los científicos producen conocimiento. Los gobiernos administran períodos. El clima, en cambio, administra décadas. Allí aparece otra contradicción.

Queremos planificar el futuro utilizando presupuestos anuales. Queremos enfrentar fenómenos multianuales con instituciones que cambian prioridades cada cinco años.

Queremos resiliencia sin planificación. Y eso simplemente no funciona.

Mientras discutimos si el próximo Niño será fuerte, moderado o débil, existe otra pregunta mucho más importante.

¿Está cambiando nuestra vulnerabilidad?

Porque incluso un Niño débil puede convertirse en una catástrofe cuando encuentra ciudades mal planificadas.

Y un Niño extraordinario puede producir daños mucho menores cuando encuentra infraestructura preparada. La intensidad del fenómeno importa. Pero la vulnerabilidad decide la magnitud del desastre.

Quizá allí reside la mayor lección que la meteorología puede ofrecerle al país. No podemos controlar el océano. No podemos detener las lluvias. No podemos mover el anticiclón del Pacífico. No podemos modificar la circulación atmosférica.

Pero sí podemos decidir dónde invertir.

Qué medir.

Qué monitorear.

Qué información producir.

Qué instituciones fortalecer.

Y, sobre todo, qué decisiones tomar antes de que llegue la siguiente emergencia.

La naturaleza no tiene obligación de adaptarse al Perú. El Perú sí tiene la obligación de adaptarse a su naturaleza.

El Perú necesita dejar de pensar en campañas y empezar a pensar en generaciones. Porque el clima seguirá cambiando. Seguirán existiendo años secos y años húmedos. Seguirán llegando ondas Kelvin. Seguirán apareciendo eventos El Niño y La Niña.

Eso no depende de nosotros. Lo que sí depende de nosotros es si dentro de veinte años seguiré escribiendo exactamente las mismas columnas después de cada desastre. La naturaleza no tiene obligación de adaptarse al Perú. El Perú sí tiene la obligación de adaptarse a su naturaleza.

Porque, al final, la frase más importante no pertenece a la meteorología. Pertenece a la gestión pública. El clima no cambiará. El Estado sí puede hacerlo. Digo Yo.

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