Escribe: Fernando Peña Aranibar

Roberto Sánchez parece haber decidido cambiar la responsabilidad por el espectáculo, la consistencia por la improvisación y la política por la comedia. 

La política suele poner a prueba la consistencia de las personas. Es en la derrota donde se revela el verdadero talante democrático de los líderes. Ganar resulta sencillo cuando los resultados acompañan las expectativas; perder, en cambio, exige grandeza, serenidad y, sobre todo, respeto por la palabra empeñada.

Por eso llama profundamente la atención la desesperación política que viene exhibiendo Roberto Sánchez tras los resultados electorales. El mismo personaje que durante la campaña aseguró públicamente que respetaría el veredicto de las urnas, hoy pretende desconocer aquello que antes juró acatar. El mismo que hablaba de democracia y respeto institucional, hoy denuncia un supuesto «fraude en desarrollo» e irregularidades sin presentar una sola prueba que sustente semejante acusación.

Lo más grave es que sus afirmaciones no resisten el menor análisis. En las audiencias públicas desarrolladas por el JNE, los abogados de Juntos por el Perú han sido incapaces de exhibir un solo elemento probatorio que demuestre la existencia del fraude que Sánchez proclama en entrevistas, mítines y declaraciones públicas. Mucho ruido, mucha estridencia, pero ninguna evidencia.

Cuando las pruebas brillan por su ausencia, lo único que queda es la narrativa de la derrota mal digerida. Y eso es precisamente lo que hoy parece estar ocurriendo. Roberto Sánchez no habla como un demócrata que discrepa; habla como un politicastro que se niega a aceptar que los ciudadanos han tomado una decisión distinta a la que él esperaba.
Resulta paradójico que quien reclamaba respeto para la voluntad popular sea hoy quien pretende desconocerla.

Más paradójico aún es que anuncie, casi con tono teatral, que no reconocerá una eventual proclamación de Keiko Fujimori por parte del Jurado Nacional de Elecciones. Como si la legitimidad de las instituciones dependiera de su aprobación personal. Como si la democracia funcionara a partir de los caprichos de los candidatos derrotados.

La conducta de Roberto Sánchez exhibe una preocupante ausencia de coherencia. La palabra dada ha perdido todo valor. Sus posiciones cambian según la conveniencia del momento. Ayer prometía respetar los resultados; hoy los desconoce. Ayer defendía las instituciones; hoy las desacredita. Ayer pedía confianza en el sistema electoral; hoy lo acusa sin sustento alguno.

La política peruana atraviesa una crisis profunda, pero esa crisis no se resolverá con dirigentes que convierten sus frustraciones personales en discursos incendiarios. La democracia exige responsabilidad. Exige aceptar tanto la victoria como la derrota. Exige actuar con principios incluso cuando los resultados no favorecen nuestras aspiraciones.

lo que termina retratando a Roberto Sánchez es la derrota de la coherencia, el carente valor del público compromiso.

Por eso, más que la derrota electoral, lo que termina retratando a Roberto Sánchez es la derrota de la coherencia, el carente valor del público compromiso. Ha pasado de presentarse como un aspirante a la Presidencia de la República a protagonizar un espectáculo cada vez más cercano a la caricatura política. Cada nueva declaración contradice la anterior. Cada acusación carece de sustento. Cada amenaza de desconocer las instituciones lo aleja más de la imagen de estadista que alguna vez pretendió construir.

La ciudadanía tiene derecho a discrepar, protestar y cuestionar. Lo que no tiene derecho nadie es a sembrar sospechas sin pruebas ni a intentar erosionar la confianza en las instituciones simplemente porque los resultados no le favorecen.

Al final, la democracia no se mide por cómo se comportan los vencedores, sino por cómo reaccionan quienes han sido derrotados. Y en esa prueba fundamental, Roberto Sánchez parece haber decidido cambiar la responsabilidad por el espectáculo, la consistencia por la improvisación y la política por la comedia.