Otra vez tenemos a Goebbels en nuestra campaña. Está por verse si con alguna eficacia.
Para las elecciones generales del año 2011, inicié el ensayo de analizar qué candidatos abrazaban con ahínco los famosos 11 principios de la propaganda resumidos por el siniestro líder nazi Joseph Goebbels. Aquel que decía: “Domino la mente del pueblo alemán como un pianista domina su piano”. Y así lo hizo durante 15 años, sublevando, a través de mitos, artilugios comunicacionales y manejo de la imagen, las emociones recónditas de la comunidad germánica.
En esa campaña, percibí que el candidato Ollanta Humala era quien mejor se aproximaba a la instrumentalización de dichos principios. No era solo el consabido “miente, miente, que algo queda”, sino también otros alcances con los cuales inauguró y consolidó el bloque antifujimorista de izquierda y derecha —firmando la llamada “Hoja de ruta”, por inspiración de Mario Vargas Llosa y Gustavo Gorriti, para moderar sus propuestas radicales—, que mantuvo vigencia hasta los comicios de 2021.
Es decir, aplicó de manera afortunada el enunciado que Goebbels denominaba “simplificación” o “del enemigo único”. Para los nazis eran los judíos, a quienes Adolfo Hitler y los suyos culparon directamente de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y de ser usureros ambiciosos. Aquí Keiko encarna, para el mencionado bloque, todos los males nacionales, incluyendo lluvias y terremotos.
En el proceso de segunda vuelta de las elecciones de 2026, el aspirante presidencial Roberto Sánchez no muestra vigor para solventar el antifujimorismo de ambos extremos. Se niega a suscribir otra hoja de ruta con la derecha que detesta a Keiko y, más bien, intenta maquillar su plan de gobierno extremista atrayendo de manera perentoria a tontos útiles —Pedro Francke, Óscar Dancourt— y oportunistas consuetudinarios —Manuel Rodríguez Cuadros—. Las encuestas revelan, hasta ahora, que tal impostura no le permite superar a Keiko en la intención de voto.
Sin embargo, otro principio goebbeliano se explota estos días devotamente. Es el llamado “exageración y desfiguración”, mediante el cual se convierte cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Ella es la de las desaprensivas declaraciones de Miguel Torres, integrante de la fórmula de Keiko, al periodista Christian Hudtwalcker, donde se despacha en innecesarias y extemporáneas reflexiones sobre la caída de Pedro Castillo, dejando espacio para que los defensores de Sánchez y, por ende, del expresidente golpista, se rasguen las vestiduras y acusen al fujimorismo de conspiración, materializando ello en una denuncia ante la Fiscalía.
También está el principio de “transposición”, por el cual se atribuyen al adversario las falencias o defectos propios. Ahí está Sánchez repudiando las llamadas “leyes procrimen”, cuando él mismo y su grupo en el Parlamento son autores de por lo menos diez de esas normas. Igualmente, el de “transfusión”, que alude a la explotación de mitos y prejuicios latentes como, por ejemplo, el racismo, tema favorito de la candidata vicepresidencial de Sánchez, la puneña Brígida Curo, quien grita por todas partes que a ella la “cholean”, pero, eso sí, no deja de llamar “japonesa” a Keiko y le pide que “se vaya a su país”.
Otra vez tenemos a Goebbels en nuestra campaña. Está por verse si con alguna eficacia.