las primeras acciones de Keiko edifican certezas de las cuales el gobierno está obligado a no divorciarse, prolongando la luna de miel inercial.
Desde que fue conocido su inobjetable triunfo electoral sobre Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, la evaluación respecto a la situación política, social y económica heredada por Keiko Fujimori volvió un lugar común una poderosa sentencia: no tendrá luna de miel. Esto, entendido como la negación de la tregua ciudadana o la complacencia expectante frente a las primeras acciones del gobierno 2026-2031, debido a las urgencias nacionales a las que tenía que abocarse desde el primer día de gestión.
Sin embargo, cabe decir, con absoluta justicia, que se detecta una luna de miel inercial, tangible y demostrable en el ánimo mayoritario de los compatriotas, incluso entre aquellos que no votaron por ella y han depuesto las armas o los calificativos más atroces contra el fujimorismo histórico. Claro, el núcleo activista del odio rentado —tan viejo en nuestra vida republicana— no descansa ni descansará en descripciones apocalípticas y, de vez en cuando, estará imbuido de razón para regalarse el autobombo del oráculo, pero hoy no influye con la fuerza que tuvo mientras gozó de las mieles del poder durante las administraciones de Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra.
Sin duda, esa inercia ha tenido la contribución del tino de Keiko para no abrirse frentes y otorgarle al país la seguridad de que hay mando y determinación. Lo hizo antes de recibir la banda presidencial, anunciando la ratificación de Julio Velarde en la máxima jerarquía del Banco Central de Reserva. Lo viene haciendo con sus visitas al interior del país, en zonas afectadas por los sismos y en aquellas que están expuestas al mayor riesgo por los embates del fenómeno de El Niño Costero.
En estos últimos días suma gestos calculados, como el de poner fin al episodio del pedido de asilo solicitado por el gobierno de México en favor de la golpista Betssy Chávez —quien, de verdad, no merece un ápice de consideración pública y respecto de quien era inaudito que la indefinición de su caso se elevara a un problema de Estado—, algo que pareciera ser también —al margen de los motivos de política internacional— un mensaje al sector castillista de JPP en el Congreso, en vísperas de enviarse la solicitud de delegación de facultades. Además, Chávez, al igual que Nadine Heredia, aprovechó la fragilidad profesional de los custodios del orden para ponerse a recaudo en legaciones diplomáticas extranjeras. En el caso de Heredia, no hay registro de zapateos exagerados con nuestro vecino Brasil.
Y lo mejor del menú gubernamental de la semana precedente han sido los nombramientos de personajes muy competentes y de acreditada experiencia en áreas sensibles del aparato estatal: Miguel Palomino, Gustavo Yamada y Marylin Choy en el directorio del BCR; César Luna-Victoria como titular de la SUNAT; y el retorno de Oliver Stark a la presidencia de PETROPERÚ, acompañado de un equipo de primer nivel.
Hay mérito, entonces, para afirmar que la conjunción del buen ánimo colectivo y las primeras acciones de Keiko edifican certezas de las cuales el gobierno está obligado a no divorciarse, prolongando la luna de miel inercial.