El círculo vicioso entre pobreza y enfermedad no es un destino inevitable, sin embargo, romperlo requiere voluntad política, inversión sostenida y un enfoque que ponga a las personas en el centro del problema
El Estado reconoce que existe una brecha social para atender a las poblaciones pobres, extremadamente pobres y vulnerables, descritas en el Informe técnico titulado “Perú: Evolución de la pobreza monetaria 2016- 2025”, publicado el 5 de mayo de 2026 por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), las cuales no vienen siendo atendidas oportunamente y de manera eficaz.
Se puede concluir que: uno de cada cuatro peruanos vive en situación de pobreza monetaria, y que uno de cada veintiún peruanos vive en pobreza extrema, es decir, no puede cubrir siquiera el costo de una canasta básica de alimentos.
La Costa tiene el mayor número absoluto de personas pobres (alrededor de 4,1 millones), teniendo en cuenta que la población es aproximadamente el 58 % de la población nacional, sin embargo, representa la menor incidencia de pobreza.
La Sierra tiene la mayor incidencia de pobreza (34,0 %) y de pobreza extrema (8,8 %), lo que resulta que aproximadamente 3,3 millones de pobres y 854 mil pobres extremos.
La Selva tiene una incidencia de pobreza (29,8 %) superior a la de la Costa y menor que la de la Sierra, con aproximadamente 1,4 millones de personas pobres.
En conclusión, en el 2025, 8,8 millones de peruanos viven en pobreza monetaria y 1,6 millones en pobreza extrema.
La trampa de la estadística: lo que el ingreso no dice
La pobreza monetaria, ese indicador que hemos detallado, mide si una persona tiene suficientes ingresos para comprar una canasta básica de bienes y servicios, porque se señala que casi una cuarta parte de la población peruana se encuentra en esta situación; sin embargo, los expertos advierten que esta medición es necesaria, pero insuficiente.
Para visualizar esta afirmación por ejemplo se tiene, dos familias con ingresos similares, pero pueden tener realidades completamente distintas; una puede contar con agua potable, centros de salud cercanos, escuelas de calidad y transporte; la otra puede vivir aislada, sin servicios básicos ni atención médica especializada. Esta situación de disparidad revela que el ingreso, aunque relevante, no necesariamente refleja el bienestar real de las personas.
Las cifras que mostrábamos señalan que la pobreza monetaria afecta desproporcionadamente a las zonas rurales de la sierra y la selva, así como a comunidades campesinas e indígenas, donde predominan actividades económicas de baja productividad, altos niveles de informalidad y un limitado acceso a la infraestructura pública.
Más allá del dinero: la revolución de Amartya Sen
Para comprender la verdadera dimensión de la pobreza, hay que remontarse al enfoque del economista indio Amartya Sen, premio Nobel de Economía, quien revolucionó la manera de entender este fenómeno. Sen desarrolló la teoría de las capacidades, según la cual la pobreza no es solo insuficiencia de ingresos, sino la privación de libertades fundamentales que impiden a las personas desarrollar plenamente sus proyectos de vida.
La explicación más sencilla se puede definir como, una persona puede tener dinero en el bolsillo y, sin embargo, ser pobre porque no puede acceder a una educación de calidad, no tiene un trabajo digno, carece de servicios de salud oportunos o vive en una vivienda sin servicios básicos. Esta visión ampliada del bienestar ha dado lugar al concepto de la pobreza multidimensional, que incorpora dimensiones como salud, educación, nutrición, vivienda, agua potable, saneamiento, electricidad, conectividad, empleo digno y protección social.
El Índice de Pobreza Multidimensional, desarrollado por la Oxford Poverty and Human Development Initiative (OPHI), ha permitido visibilizar realidades que el enfoque monetario ocultaba. En el Perú, este índice revela que la pobreza multidimensional afecta al 27,5% de la población según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI, 2024), un porcentaje significativamente mayor de la población que la pobreza monetaria 25,7% de la población (INEI, 2025), especialmente en regiones donde las carencias en infraestructura básica y servicios sociales son más pronunciadas.
La salud como espejo de la desigualdad
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha sido clara: las diferencias sanitariasentre grupos sociales no son accidentales, sino que corresponden al ingreso económico, la educación, el empleo, la vivienda, la alimentación, el acceso a agua potable y saneamiento, y la protección social. La pobreza afecta simultáneamente todos estos factores.
Especialistas afirman que las personas enferman no solamente por la presencia de agentes biológicos, sino también por las condiciones en las que nacen, crecen, trabajan y envejecen. Las familias con menores recursos presentan mayores probabilidades de sufrir desnutrición, anemia, enfermedades infecciosas, enfermedades respiratorias y problemas de salud mental, por ende, enfrentan enormes dificultades para acceder a medicamentos, especialistas y tratamientos de alta complejidad.
La precariedad habitacional, la falta de agua segura y el hacinamiento crean un caldo de cultivo para la transmisión de enfermedades, mientras que la desnutrición debilita los sistemas inmunológicos. La enfermedad, entonces, deja de ser un evento biológico aislado para convertirse en la expresión más cruda de las profundas desigualdades sociales que atraviesan el país.
El círculo vicioso que atrapa a las familias
Uno de los hallazgos más preocupantes es la relación bidireccional entre pobreza y enfermedad. La pobreza incrementa la probabilidad de enfermar; y la enfermedad, a su vez, profundiza la pobreza. Se trata de un círculo vicioso que atrapa a las familias en una espiral descendente de la que es muy difícil escapar.
En el Perú, una enfermedad grave puede significar la pérdida del empleo, el endeudamiento familiar o incluso el abandono escolar de los hijos para incorporarse tempranamente al trabajo. Los llamados «gastos catastróficos»; en salud empujan cada año a miles de familias peruanas a situaciones de pobreza, especialmente cuando deben costear tratamientos prolongados o medicamentos de alto costo.
Un ejemplo clarificador: un niño con anemia presenta menor rendimiento escolar; al crecer, tendrá menores oportunidades laborales y menores ingresos durante su vida adulta. Si a esto se suma que su familia no puede acceder a servicios de salud de calidad, el ciclo de pobreza se perpetúa de generación en generación. El sistema de salud peruano, caracterizado por su fragmentación y desigual cobertura, no logra proteger adecuadamente a la población de estos riesgos.
El rostro más crudo de la desigualdad: poblaciones rurales e indígenas
Las cifras adquieren dimensiones dramáticas cuando se pone la mirada en las poblaciones rurales, indígenas y amazónicas, a las que se denominan “poblaciones vulnerables”. Estas comunidades enfrentan los mayores niveles de pobreza multidimensional del país, debido a una combinación letal de factores: dispersión geográfica, escasa infraestructura vial, insuficiente disponibilidad de establecimientos de salud, limitada presencia de médicos especialistas, dificultades para acceder a agua potable y saneamiento, y barreras culturales y lingüísticas.
Las consecuencias son devastadoras: mayores niveles de anemia infantil, desnutrición crónica, mortalidad materna, enfermedades transmisibles y mortalidad infantil. Estos indicadores reflejan no solo condiciones geográficas adversas, sino también décadas de abandono de las instituciones del Estado, y desigualdad en la asignación de recursos públicos, incluso las políticas, normas y procedimiento, escritas para condiciones citadinas y costeñas, que resultan inaplicables en estas comunidades o poblaciones vulnerables.
La falta de infraestructura de transporte dificulta el acceso a establecimientos de salud, especialmente en emergencias; la escasez de personal sanitario capacitado limita la calidad de la atención, e igualmente de medicinas; y la ausencia de servicios básicos como electricidad y agua potable impide que los centros de salud funcionen adecuadamente. Las brechas sanitarias entre el área urbana y rural se mantienen a pesar de los avances en cobertura, evidenciando que el crecimiento económico no ha sido suficientemente inclusivo.
El desarrollo humano como horizonte
Amartya Sen, cuyas ideas han permitido este análisis, sostiene que el desarrollo debe medirse por la expansión de las libertades humanas, no únicamente por el crecimiento económico. La salud constituye una de esas capacidades esenciales porque permite ejercer todas las demás. Una persona enferma difícilmente puede estudiar, trabajar, participar políticamente o desarrollar plenamente su proyecto de vida.
Por ello, invertir en salud no es solo una política sanitaria; es una estrategia fundamental para ampliar las oportunidades de desarrollo humano. Sen insiste en que el verdadero combate contra la pobreza requiere fortalecer simultáneamente la educación, la nutrición, la salud, la protección social, la igualdad de oportunidades y la participación ciudadana. Solo así las personas pueden desarrollar plenamente sus capacidades y romper el ciclo intergeneracional de la pobreza.
¿Qué hacer?
Hacia políticas integrales
Reducir la pobreza exige mucho más que incrementar los ingresos de la población; se necesita una estrategia multidimensional que garantice acceso universal a servicios de salud de calidad, fortalezca el primer nivel de atención, reduzca la anemia y la desnutrición infantil, amplíe el acceso al agua potable y saneamiento, mejore la educación pública, genere empleo formal y reduzca las desigualdades territoriales.
La coordinación entre el Ministerio de Salud, el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, el Ministerio de Educación, Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, los gobiernos regionales y locales resulta indispensable para intervenir sobre los determinantes sociales de la salud. La fragmentación institucional y la falta de articulación entre niveles de gobierno han sido históricamente obstáculos para el diseño e implementación de políticas integrales.
Conclusiones: un desafío de justicia social
La evidencia es innegable: la pobreza monetaria es un indicador necesario pero insuficiente para comprender las múltiples formas de exclusión que afectan a millones de peruanos. La pobreza multidimensional ofrece una visión más amplia y realista del bienestar, mostrando que la calidad de vida depende de un conjunto de capacidades y oportunidades, no solo del ingreso.
El círculo vicioso entre pobreza y enfermedad no es un destino inevitable, sin embargo, romperlo requiere voluntad política, inversión sostenida y un enfoque que ponga a las personas en el centro del problema. Como lo demostró Amartya Sen, la salud es una capacidad fundamental sin la cual no es posible ejercer ninguna otra libertad.
Combatir la pobreza, en definitiva, es mucho más que una política asistencial: es una apuesta por la justicia social, por un país donde el derecho a la salud, la educación, la nutrición y el bienestar no sea un privilegio de unos pocos, sino una realidad para todos. Solo mediante un enfoque multidimensional del desarrollo será posible reducir las desigualdades, fortalecer el capital humano y asegurar que la salud sea un derecho efectivo para toda la población peruana.
El desafío está planteado, no se trata solo de números, sino de vidas que merecen ser vividas con dignidad.