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OPINIÓN/ La resonancia del embajador de EE. UU.

Escribe:  Ricardo Sánchez Serra

“La mirada internacional revela nuestras fracturas internas”

No corresponde a un embajador dirigir el debate político de un país. Esa tarea pertenece a sus ciudadanos, a sus dirigentes, a sus intelectuales y a sus instituciones. Sin embargo, cuando una voz extranjera logra influir en la discusión nacional, conviene preguntarse si el problema está en quien habla o, más bien, en el vacío que existe entre quienes deberían hacerlo.

En los últimos meses, el embajador de Estados Unidos en el Perú, Bernier Navarro, ha formulado declaraciones públicas sobre diversos asuntos de interés nacional que han generado adhesiones, críticas y polémicas. Algunos consideran que su estilo es inusualmente franco para un diplomático; otros sostienen que sus opiniones rozan los límites de la diplomacia tradicional. Ambas posiciones merecen respeto.

Pero quizá la pregunta más importante sea otra.

¿Por qué sus palabras encuentran tanta resonancia entre los peruanos?

La respuesta probablemente no esté en la nacionalidad del embajador, sino en la ausencia de referentes nacionales cuya autoridad moral, experiencia y credibilidad sean capaces de orientar serenamente el debate público en momentos de incertidumbre.

La presidenta Keiko Fujimori debe asumir el rol de principal referente político e institucional

Existen valiosas excepciones. Figuras como Antero Flores-Aráoz, Francisco Tudela, Luis Solari de la Fuente, Enrique Ghersi, Martha Chávez o Natale Amprimo continúan aportando reflexiones de enorme nivel. Sin embargo, incluso ellos difícilmente logran hoy generar el consenso o la capacidad de influencia que el país necesita cuando enfrenta profundas fracturas políticas y sociales.

Vivimos tiempos en los que abundan los comentaristas, pero escasean los estadistas; proliferan las opiniones, pero faltan voces capaces de elevar el debate por encima de la coyuntura.

Quizá por ello las intervenciones del embajador Navarro despiertan tanta atención. Quienes lo siguen advierten que conoce el Perú, recorre sus regiones, dialoga con empresarios, autoridades, académicos y ciudadanos, y transmite la impresión de comprender bastante bien la compleja realidad nacional. Su vínculo familiar con el país, al estar casado con una peruana, probablemente le haya permitido acercarse aún más a nuestra sociedad y entender matices que muchas veces escapan a los observadores extranjeros.

“La observación internacional fortalece la confianza en los procesos electorales”

Durante el reciente proceso electoral, su presencia como integrante de la delegación estadounidense de observación fue percibida por distintos sectores como un elemento que contribuyó a fortalecer la confianza en la transparencia del proceso. Más allá de las posiciones políticas de cada ciudadano, resulta saludable que los procesos electorales cuenten con observación internacional seria, profesional y técnicamente rigurosa, pues ello fortalece la democracia y la confianza ciudadana.

Su agenda tampoco se ha limitado a la política. Ha impulsado iniciativas de cooperación en materia de seguridad, lucha contra el crimen organizado transnacional, educación, fortalecimiento institucional y protección del comercio. Estados Unidos ha donado modernos escáneres destinados a reforzar la seguridad en el puerto de Chancay, una medida orientada a combatir el narcotráfico y otras modalidades del crimen organizado que amenazan el desarrollo del país.

Recientemente, una de sus expresiones volvió a generar debate. Al referirse a la seguridad en Chancay afirmó: «Hoy donamos escáneres de última generación para reforzar la seguridad en Chancay. China, en cambio, no quiere supervisión. Unos apuestan por la seguridad; otros le huyen al orden». Como era previsible, la frase provocó reacciones diversas.

Pero, una vez más, el centro del debate dejó de ser el diplomático para convertirse en los desafíos estratégicos que enfrenta el Perú en un escenario internacional cada vez más competitivo.

“Las declaraciones diplomáticas ocupan el vacío dejado por voces nacionales”

Naturalmente, los analistas podrán discutir si algunas de sus intervenciones son más o menos prudentes desde el punto de vista diplomático. Ese debate es legítimo. Lo que resulta difícil negar es que ha logrado convertirse en uno de los embajadores más visibles y activos acreditados en el país.

Pero el verdadero problema no es él.

El verdadero problema es que el Perú parece haber perdido parte de su capacidad para generar liderazgos intelectuales, políticos y morales cuya palabra sea escuchada con respeto por la mayoría de los ciudadanos.

Durante décadas existieron hombres de Estado que, aun perteneciendo a distintas corrientes ideológicas, lograban convertirse en referentes nacionales cuando la República atravesaba momentos difíciles, como Luis Bedoya Reyes, Fernando Belaunde, Valentín Paniagua, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alfonso Barrantes Lingán, o el propio Alberto Fujimori. Hoy esa autoridad se ha diluido entre la polarización, las redes sociales, la desinformación y la confrontación permanente.

Resulta igualmente difícil comprender que, después de las dramáticas experiencias izquierdistas vividas por países como Venezuela o Bolivia, todavía existan sectores que continúan respaldando proyectos políticos que han demostrado graves deficiencias institucionales y económicas. ¿Se trata de desinformación? ¿De desencanto? ¿De voto de protesta? ¿O de una combinación de todos esos factores? Son preguntas que el Perú aún tiene pendiente responder.

La fortaleza de una democracia no consiste en que los embajadores extranjeros orienten el debate nacional. Consiste en que el propio país produzca dirigentes, intelectuales y servidores públicos capaces de hacerlo con independencia, responsabilidad y visión de Estado.

Si hoy las palabras de un diplomático extranjero generan tanta atención, quizá el mensaje más importante no provenga de él, sino del vacío que deja nuestra propia dirigencia.

Tal vez haya llegado el momento de reconstruir ese liderazgo. Porque ningún país puede aspirar a un futuro sólido cuando las voces que más contribuyen a ordenar su debate público provienen del exterior. Mientras ese vacío persista, las francas, directas y oportunas expresiones del embajador Bernier Navarro han resultado necesarias para sacudir conciencias, estimular la reflexión y recordar verdades que, por prudencia, cálculo político o simple indiferencia, muchos dirigentes peruanos han preferido callar.

Pero esta no puede ser una situación permanente. Corresponde ahora a la presidenta Keiko Fujimori asumir la enorme responsabilidad de convertirse en el principal referente político e institucional del país, promoviendo la unidad nacional, fortaleciendo la democracia y recuperando la confianza de los peruanos mediante el ejemplo, la firmeza en los principios y una auténtica visión de Estado.

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