OPINIÓN/ La propiedad de los datos del pueblo, la soberanía digital popular y la nueva Ilustración
Escribe: Maria del Pilar Tello

Junio 2026. Lima, Perú
La nueva ilustración existe y debe crear la conciencia moral necesaria para resistir al nuevo poder y construir los contrapoderes con una democracia tecnopolítica que lo limite en defensa de la libertad y la dignidad y ponga la tecnología al servicio de la humanidad.
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El presente artículo conecta el derecho de propiedad de los datos con el empoderamiento tecnopolítico del pueblo, con la soberanía digital popular, con la democracia tecnopolítica junto a la nueva Ilustración y la defensa de la libertad y la dignidad de la persona humana. A partir de este derecho preexistente hacemos una reflexión política y constitucional para el control y los límites del poder tecnopolitico en la era de la inteligencia artificial.
La propiedad de los datos es el fundamento de la legitimidad del poder tecnopolítico que al igual que el poder político también emana del pueblo, en virtud de su titularidad sobre sus datos.
Palabras clave: poder tecnopolítico, propiedad de los datos, nueva ilustración, soberanía digital popular, democracia tecnopolítica, inteligencia artificial, libertad de la mente, derechos digitales, defensa de la persona y de la dignidad humana. Enciclica Magnifica Humanitas.
RESUMEN
El paso del poder tecnológico a a un nuevo poder multifacético, de alcance global, que llamamos tecnopolitico, sustentado en los datos procesados por los algoritmos, tiene en la inteligencia artificial su instrumento de concentración de su gran influencia económica, mediática, social y política. El constitucionalismo y la ciencia política no lo identifican ni lo analizan como debe ser.
El presente trabajo aborda el origen de este poder basado en el binomio datos más algoritmos. Ninguno de estos dos factores aislados producen poder pero en su convergencia son la base del poder tecnopolítico.
Los datos vienen de las personas y pertenecen a ellas porque son quienes los generan. Surgen de la actividad y las vivencias de la gente. Los algoritmos son de propiedad de quienes los pagan y los programan.
Si el poder tecnopolítico se sustenta en los datos generados por las personas, que en conjunto forman el pueblo, nadie puede negar que su origen es el pueblo que ostenta la soberanía digital.
La propiedad de los datos del pueblo es un derecho preexistente pues nace con el ser humano, de su actividad inmediata y continuada que será la fuente permanente de sus datos a lo largo de su vida. Y esta propiedad es el fundamento de legitimidad del poder tecnopolítico. Su reconocimiento es el punto de partida de una nueva vertiente de la soberanía popular en esta era. Es la soberanía digital popular.
Sostener que la propiedad de los datos no existe o es de nadie y que cualquiera puede apropiarse de ellos y explotarlos, es estar expresamente fuera de la realidad.
En la disciplina jurídica distinguimos entre posesión y propiedad. Las grandes tecnológicas capturan masivamente datos para explotarlos, pero solo son sus poseedores no sus propietarios. Los verdaderos propietarios son las personas que colectivamente forman el pueblo.
La persona produce datos naturalmente en su interacción social y en su vida económica, cultural y política. Y los produce desde su nacimiento. Su captura no extingue la titularidad originaria de quienes los producen, del mismo modo que la posesión material de un bien no transforma automáticamente al poseedor en propietario.
Con esta premisa, planteamos el reconocimiento de la propiedad de los datos del pueblo que implica su empoderamiento tecnopolítico. Se confirma que el pueblo es el propietario originario de uno de los dos componentes del binomio origen del poder tecnopolitico. Somos los propietarios de la mitad de este binomio, pero nadie lo reclama porque no se reconoce este derecho.
Si todo poder político emana del pueblo, el poder tecnopolitico también emana del pueblo por la propiedad de sus datos.
De este reconocimiento surge la soberanía digital popular como una proyección de la soberanía política del pueblo. No son dos soberanías, es una sola con dos vertientes. Una segunda vertiente es el fundamento de la legitimidad del poder tecnopolítico privado y asi debe ser reconocida por sus titulares. La soberanía digital popular, que ya es reclamada en el debate global or los BRICS, es la base de la democracia tecnopolítica capaz de limitar la concentración del poder tecnopolitico privado que avanza, sin resistencias, al control totalitario y absoluto.
La humanidad enfrenta una tarea comparable a la que cumplió la Ilustración europea frente al absolutismo monárquico. El surgimiento del poder tecnopolítico global concentrado y con afanes de dominación absoluta, exige repensar su legado de democracia, libertad y derechos fundamentales.
La condición indispensable para conducir nuestro destino como humanidad es el reconocimiento de la propiedad de los datos del pueblo. Es el punto de partida de una nueva arquitectura democrática de control del poder tecnopolítico y de la defensa de la persona humana en estaera.
INTRODUCCIÓN
La expansión de internet, el perfeccionamiento de la inteligencia artificial, el procesamiento masivo de datos y la creciente capacidad de los algoritmos de intervenir en la economía, la política, la cultura y la vida cotidiana generan un nuevo poder cuyas características desbordan los marcos tradicionales.
La ciencia política y el constitucionalismo estudian el poder político que sale de las urnas, cuyo soberano es el pueblo que quita y da poder. Para ello crearon las instituciones democráticas, la separación de poderes, los derechos fundamentales. Todo para limitar la concentración del poder estatal y garantizar la libertad de acción y pensamiento. Pero no reconocen el nuevo poder tecnopolitico que opera simultáneamente sobre la economía, la información, la comunicación, las finanzas y la política.
Este nuevo poder es invisible, global, transnacional, algorítmico y opera con enormes volúmenes de datos generados por miles de millones de personas.
¿Cuál es su fuente de legitimidad?
La respuesta ha estado centrada en la innovación tecnológica, las grandes platarormas, los sistemas algorítmicos más sofisticados. Sin embargo, estas explicaciones omiten un elemento esencial: los datos que alimentan la dinámica tecnológica, incluyendo la inteligencia artificial, que hacen posible la existencia misma del poder tecnopolítico, son generados por las personas que no pueden controlar su uso y abuso.
Esta constatación replantea el debate. La cuestión no consiste solo en regular tecnologías o proteger privacidad. Es necesario examinar la relación originaria de las personas con los datos que producen y las consecuencias jurídicas, políticas y democráticas que de ella se derivan.
Vemos la propiedad de los datos no como un derecho que no se crea por ley o decisión, que es preexistente y se reconoce por ley, cuya titularidad es originaria. Así si el poder político emana del pueblo el poder tecnopolitico también emana del pueblo.
A partir de esta premisa se fundamenta el concepto de soberanía digital popular como una proyección de la soberanía sobre el espacio digital.
Desde esta perspectiva, la discusión sobre la propiedad de los datos trasciende el ámbito patrimonial o tecnológico para situarse en el terreno de la legitimidad democrática. Si la soberanía popular es el fundamento de la democracia liberal, la soberanía digital popular es el fundamento de la futura democracia tecnopolítica capaz de controlar la creciente concentración del poder tecnopolítico privado.
La humanidad enfrenta un desafío comparable al que asumió la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, al enfrentar al absolutismo monárquico. Ahora estamos ante un poder tecnopolitico de gran concentración que demanda repensar los conceptos de democracia, libertad y derechos, a la luz del nuevo poder y de la inteligencia artificial.
Nuestra tesis central considera el derecho de propiedad de los datos del pueblo como el fundamento de la legitimidad del poder tecnopolítico, del mismo modo que el derecho de sufragio es el fundamento de la legitimidad del poder político democrático.
DESARROLLO
El debate sobre la legitimidad del poder tecnopolítico es distorsionado por enormes intereses económicos. Los algoritmos solos no producen poder. Los datos solos tampoco. El poder surge de la convergencia de ambos. Y uno de esos dos componentes pertenece originariamente al pueblo. Aquí está el fundamento lógico de toda la construcción institucional, jurídica y política, que presentamos.
Las grandes plataformas tecnológicas capturan, almacenan, procesan y explotan grandes volúmenes de datos. Son poseedoras pero la posesión no equivale automáticamente a la propiedad. El hecho de que una empresa disponga de los datos no la convierte en propietaria de aquello que ha sido generado por la actividad humana de millones de personas.
Las grandes tecnológicas se apropian de grandes volúmenes de datos y dicen que esa apropiación es legítima y legal porque cuentan con el consentimiento contractual para la gestión de los datos mediante la aceptación de términos de uso, o de contratos de adhesión, que no consideran la propiedad originaria de los datos.
Tales contratos pueden justificar determinadas formas de explotación de los datos, pero no transforman al poseedor en propietario. La propiedad exige un fundamento propio y previo. Y le niegan al usuario la propiedad de los datos porque, según ellas, el usuario solo tiene un derecho reducido a la privacidad y a la portabilidad.
El debate contemporáneo no puede limitarse a la privacidad, al consentimiento o a la transparencia algorítmica. Todos aspectos 2importantes, pero no más que la propiedad.
Porque ligada a este reconocimiento esencial está la soberanía digital popular y la edificación de una nueva arquitectura democrática que coloque la tecnología y la inteligencia artificial al servicio de la persona humana y del bien común.
Porque este derecho al ser reconocido redefine la relación entre sociedad, tecnología y poder. Es el inicio de una nueva etapa de la democracia, de la libertad y de los derechos fundamentales que incluyen los digitales y dentro de ellos los neuroderechos que protegen la mente y los neurodatos.
Desde la Ilustración de los siglos XVII y XVIII, el pueblo es la fuente originaria de la soberanía y fundamento de la democracia liberal. Para impedir la concentración del poder pensaron en la separación de poderes, en los derechos y libertades fundamentales y en el constitucionalismo que puso los limites al poder absoluto.
Ahora un poder tecnopolítico global convive con el poder político democrático y se sustenta en los datos del pueblo cuya propiedad no es aún reconocida.
Si el pueblo es la fuente permanente de los datos que posibilitan la revolución tecnológica, la consecuencia es de enorme trascendencia política y democrática. La soberanía del pueblo asume una segunda proyección. La primera continúa siendo el fundamento del poder político democrático que viene del voto. La segunda es la soberanía popular digital que viene de la propiedad de sus datos y se ejerce sobre el poder tecnopolítico que de ellos depende.
No hablamos de dos soberanías, ni de una soberanía paralela. La soberanía digital popular es la manifestación complementaria de la misma soberanía, adaptada a nuestro tiempo. Así como la soberanía del pueblo hizo posible la democracia liberal, la soberanía digital popular hará posible la democracia tecnopolítica que podrá equilibrar y limitar el inmenso nuevo poder concentrado en manos privadas.
Los ilustrados del siglo de las luces lucharon contra el absolutismo monárquico y contaron con un pueblo que identificaba claramente el poder concentrado que los dominaba. En nuestro tiempo el poder tecnopolítico es invisible, se presenta como facilidad, comodidad o entretenimiento.
Por ello, hablamos de una nueva ilustración que ya existe y cumple la valiosa tarea de formar conciencia frente al poder altamente concentrado que debemos limitar para impedir que, sin resistencias, llegue al control totalitario y pretenda mejorar la especie sin respeto a su dignidad.
A esta nueva Ilustración le toca repensar el legado de democracia, libertad y derechos a la luz de la revolución tecnológica. La democracia debe proyectarse como democracia tecnopolítica; la libertad ampliarse a la libertad de la mente y los derechos fundamentales acoger los derechos digitales y en especial los neuroderechos por el avance de las neurociencias.
Esta construcción es profundamente humana. El reconocimiento de la propiedad de los datos del pueblo, la soberanía digital popular y el poder tecnopolítico democrático deben orientarse a la defensa de la libertad de mente y de la preservación de la especie de riesgos como los presentes en el post humanismo y su anuncio de la raza híbrida que surge del ser humano mejorado por la inteligencia artificial. Por ello los llamados a poner en el centro a la persona humana y de colocar la tecnología a su servicio, tienen especial relevancia en estos momentos.
El constitucionalismo debe reconocer que el poder tecnopolítico emana del pueblo para construir una arquitectura derivada de la soberanía digital popular.
Corresponde precisar que no todos los datos poseen la misma naturaleza jurídica. La complejidad tecnológica exige al constitucionalismo distinguir tres dimensiones de la propiedad de los datos.
La primera es la propiedad individual. Cada persona es titular originaria de los datos que produce con su existencia y actividad. Esta titularidad comprende facultades de uso, control, disposición y exclusión dentro de los límites establecidos por el orden jurídico. Incluye los datos personales, biométricos y los vinculados a la identidad individual. La persona tiene soberanía sobre sus datos.
La segunda dimensión es la propiedad colectiva. Cuando los datos son agregados y procesados masivamente para producir conocimiento, valor económico o capacidad de influencia social y política, dejan de expresar trayectorias individuales y pasan a reflejar patrones colectivos de comportamiento. En ese nivel, los datos constituyen un recurso estratégico común producido por la sociedad en su conjunto. Su utilización plantea cuestiones de interés general y de soberanía digital popular.
La tercera dimensión corresponde a los datos cognitivos o neuronales. El desarrollo de las neurociencias y de las tecnologías capaces de registrar, interpretar o influir sobre procesos mentales, implica una categoría especial de datos vinculados a la integridad de cada persona.
Estos neurodatos no pueden ser considerados simples activos económicos susceptibles de libre transferencia o comercio. Por afectar la libertad de conciencia, la identidad y la autonomía personal son inalienables. Deben recibir una protección reforzada y ser tratados como bienes amparados por los neuroderechos .Como lo ha hecho Chile de manera pionera en el mundo.
Estas tres dimensiones permiten comprender la diversidad de relaciones jurídicas que surgen de los datos y ofrecen una base conceptual más sólida para el reconocimiento de la propiedad de los datos del pueblo. Vemos como este derecho no es simplista, responde a una realidad compleja. La Ilustración europea no produjo la democracia por decreto. Primero vino el reconocimiento del poder del pueblo. Después el de derechos y libertades. Luego vinieron las instituciones. Nos toca recorrer similar camino ante el poder tecnopolítico privado.
No hablamos de eliminar la innovación ni de destruir las plataformas, menos aun de nacionalizar tecnologías. Se trata de reconstruir el equilibrio de poderes. De rasladar al siglo XXI la idea de Montesquieu: ningún poder puede ser absoluto.
Si la ilustración europea pudo limitar el poder político absoluto, la nueva ilustración puede limitar el poder tecnopolítico absoluto. Se necesita conocimiento, conciencia, derechos e instituciones para una democracia tecnopolitica que en esta era requiere distintos niveles de ejercicio expresados en el estado constitucional de derecho.
Para concluir abordamos la convergencia entre la encíclica de Leon XIV y los conceptos que estamos desarrollando. Encontramos puntos donde la reflexión jurídica y política se encuentra con la reflexión ética y antropológica.
La aparición, en mayo 2026, de la encíclica Magnifica Humanitas introduce un elemento particularmente relevante para la reflexión sobre el poder tecnopolítico. No porque desarrolle una teoría jurídica de la propiedad de los datos ni porque formule explícitamente el concepto de soberanía digital popular, es porque llega, desde una perspectiva ética y antropológica, a las mismas preocupaciones que surgen desde la teoría política y constitucional.
Se trata de itinerarios intelectuales distintos. Estas líneas parten del análisis del poder tecnopolítico, de su estructura y de su legitimidad. La encíclica parte de la dignidad de la persona humana y de la necesidad de preservar su libertad frente a los riesgos del desarrollo tecnológico y de corrientes de pensamiento como el post humanismo y de la raza híbrida que seria la suma ser humano más lIA.
Coincidimos en una cuestión fundamental para la humanidad, impedir que el ser humano sea reducido a objeto de control, explotación o subordinación tecnológica.
La encíclica advierte sobre la creciente concentración de poder tecnológico, sobre la opacidad de sistemas cada vez más complejos y sobre el riesgo de que la persona termine convertida en simple información explotable. Desde la teoría del poder, identificamos esa información como la materia prima esencial del nuevo poder global y reclamamos el reconocimiento de la propiedad originaria de quienes generan los datos.
La convergencia es notable. La encíclica formula el problema desde la dignidad humana. Desde la ciencia política analizamos el poder tecnopolitco y sus amenazas a la democracia, a la libertad y los derechos fundamentales. La tecnología no es un fin en sí mismo ni puede ser subordinada a intereses económicos, estratégicos o de dominación. La persona humana debe seguir siendo el centro de toda construcción tecnológica.
Por ello, la defensa de la propiedad de los datos del pueblo, de la soberanía digital popular y de una democracia tecnopolítica no es solo una propuesta jurídica o política. Forma parte del esfuerzo para preservar la libertad, la conciencia y la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial.
Y se refiere a cada persona con el papel decisivo de impedir la captura de la mente, Los jóvenes nativos digitales viven con la influencia de las redes y de los celulares. Viven en la lógica del instante cuando la lógica humana toma tiempo para la reflexión. Las personas no somos simples usuarios, consumidores o proveedores de datos.
En cada uno de nosotros comienza la cadena de valor del nuevo poder con los datos que aportamos, también en cada persona comienza la resistencia democrática para controlar los riesgos y para construir una nueva estructura institucional que ponga límites al tecnopoder y su intento de avasallar nuestra atención y nuestra voluntad.
CONCLUSIONES
Los datos son la materia prima del poder tecnopolítico. La inteligencia artificial, los algoritmos, las plataformas y la automatización dependen directamente de los datos para funcionar.
Los datos son producidos por la persona humana y su actividad, desde su nacimiento. La relación entre las personas y los datos que producen, es originaria y no se puede negar. Por ello, la propiedad sobre los datos corresponde a quienes los producen y no a quienes los capturan, almacenan o procesan. Por tanto el pueblo que integra a las personas es propietario de los datos y en él radica la legitimidad del poder tecnopolítico,
El reconocimiento constitucional de este derecho prexistente deriva de esta relación originaria entre la persona y los datos. El legislador no crea el derecho, lo reconoce y lo protege.
Esta propiedad originaria sobre los datos fundamenta la soberanía digital popular que es la proyección de la soberanía popular, una nueva dimensión de una misma soberanía que se manifiesta en el ámbito político y tecnopolítico.
El constitucionalismo debe garantízar y preservar la libertad, la autonomía y la dignidad de las personas frente a la concentración del poder tecnopolítico,
La nueva ilustración existe y debe crear la conciencia moral necesaria para resistir al nuevo poder y construir los contrapoderes con una democracia tecnopolitica que lo limite en defensa de la libertad y la dignidad y ponga la tecnología al servicio de la humanidad.
El nuevo poder surge del binomio datos más algoritmos. Y uno de esos dos componentes pertenece al pueblo. Allí está el fundamento lógico de esta construcción institucional y de principios.
Así como la Ilustración definió a quién debía ser titular del poder político, la nueva Ilustración debe redefinir la democracia, la libertad y los derechos fundamentales. Su gran tarea es trasladar al espacio digital la conquista política de la Ilustración europea, que ningún poder es legítimo si no tiene origen en el pueblo.
La propiedad de los datos devuelve poder al pueblo. La Nueva Ilustración le devuelve la conciencia, el propósito y la responsabilidad.
León XIV, gran líder de la espiritualidad universal, en su enciclica, Magnifica Humanitas, insiste en la necesidad de una conciencia nueva para enfrentar un poder nuevo sin perder la dignidad humana.

