El dilema contemporáneo consiste en determinar si la humanidad seguirá bajo la sombra del Leviatán armado o si podrá avanzar hacia un orden en el que la racionalidad y la vida ética prevalezcan sobre el miedo y la dominación.
La historia contemporánea confirma la vigencia de las categorías formuladas por Thomas Hobbes al pensar el Estado. El filósofo inglés del siglo XVII, planteó que el poder absoluto era el único antídoto frente al desorden natural del ser humano. Así, el Leviatán se erigía como soberano indivisible, garante de seguridad frente al miedo constante a la muerte violenta. En el mundo actual, múltiples regímenes políticos reproducen esta lógica: presidentes autoritarios, verticales y en muchos casos vitalicios, concentran el poder bajo la premisa de que solo la fuerza del mando central puede impedir la disolución social o asegurar la paz.
Estos “hijos de Hobbes” son líderes que se auto legitiman como protectores, aunque lo hacen a costa de anular la pluralidad política. Al igual que el Leviatán, dominan un cuerpo compuesto por la multitud, pero dirigido por una sola cabeza soberana. En lugar de un pacto social inclusivo, lo que emerge es un orden construido sobre el temor, donde la obediencia se presenta como condición indispensable para evitar el caos.
El militarismo contemporáneo refuerza esta visión. Las potencias poseen arsenales nucleares suficientes para destruir a la humanidad varias veces, configurando un poder desmesurado que opera bajo la lógica de la disuasión. El Leviatán se actualiza en la figura de estos Estados capaces de decidir sobre la vida y la muerte global, proyectando una sombra permanente de amenaza que asegura la sumisión.
Frente a esta concepción, la filosofía de Hegel ofrece un contraste significativo. Para él, el Estado es la manifestación más elevada de la razón y el ámbito donde se realiza la libertad. Mientras Hobbes lo fundamenta en el miedo, Hegel lo concibe como la culminación del desarrollo ético de la comunidad, donde la voluntad particular encuentra su reconciliación con la libertad objetiva y universal.
El Estado aparece entonces como expresión racional de la vida ética, no como un monstruo destinado a sofocar la autonomía individual.
La tensión entre ambos paradigmas sigue estructurando la política global. Los hijos de Hobbes privilegian la seguridad y el control absoluto, mientras que la visión hegeliana plantea un horizonte donde el Estado asegura la libertad mediante instituciones racionales y justas. El dilema contemporáneo consiste en determinar si la humanidad seguirá bajo la sombra del Leviatán armado o si podrá avanzar hacia un orden en el que la racionalidad y la vida ética prevalezcan sobre el miedo y la dominación.