El país necesita debates serios, voces ponderadas, y personas capaces de actuar con cordura y responsabilidad histórica. No necesita más operadores reciclados
Hay personajes públicos que, lejos de aportar serenidad al debate nacional, terminan convirtiéndose en símbolos de resentimiento político, de cálculo ideológico y de una preocupante incapacidad para distinguir entre justicia y militancia. Y precisamente por razones de profilaxis democrática -sí, de higiene institucional y hasta moral- hay perfiles a los que simplemente no debería seguírseles dando tribuna. No se trata de censura. Se trata de sentido común.
Porque cuando alguien ha construido toda su figuración pública sobre un anti fujimorismo patológico, visceral y obsesivo, deja hace mucho de ser un actor confiable para convertirse en un operador político disfrazado de defensor de causas superiores. Y el problema no es que tenga una posición política -todos la tienen-sino que pretenda venderla como imparcialidad, como si el país no hubiera visto ya suficiente de sus excesos, contradicciones y demostraciones de marcada incompetencia.
Hay personajes cuya triste recordación no proviene de una sola frase desafortunada o de un error aislado, sino de toda una trayectoria cargada de sesgos, arbitrariedades y perturbadas actuaciones que terminaron erosionando la confianza ciudadana. Porque cuando la justicia se utiliza como plataforma política, deja de ser justicia y se convierte en instrumento de revancha.
Y eso es exactamente lo que muchos peruanos perciben: un interés desmedido en la política antes que en la búsqueda genuina de verdad o equilibrio institucional. Cada aparición pública, cada declaración altisonante y cada intervención mediática parece confirmar que el objetivo nunca fue fortalecer la institucionalidad, sino alimentar una narrativa ideológica donde el adversario político debía ser destruido, no investigado con objetividad.
El país necesita debates serios, voces ponderadas, y personas capaces de actuar con cordura y responsabilidad histórica. No necesita más operadores reciclados intentando recuperar protagonismo a través del enfrentamiento permanente y la polarización calculada.
Dar tribuna indiscriminadamente también es una forma de irresponsabilidad. Porque hay momentos en los que insistir en amplificar discursos marcados por el odio político y el sesgo enfermizo no contribuye a la democracia; la contamina.
Y el Perú, francamente, ya ha pagado demasiado caro las consecuencias de convertir la política en espectáculo y la justicia en vendetta.