En el Perú hemos tenido líderes de izquierda de reconocida solvencia política y moral, como el exalcalde de Lima Alfonso Barrantes Lingán, el constitucionalista Enrique Bernales o el legislador Henry Pease, ninguno de los cuales hubiera cometido las tropelías de Roberto Sánchez,
De un millón 210 mil peruanos que residen en el extranjero, solo acudieron a las urnas 309 mil; es decir, una cuarta parte. De esa cantidad, la señora Fujimori obtuvo 184,435 votos (63,429%), mientras que Roberto Sánchez captó 106,338 (36,571%).
Una diferencia de 78,097 sufragios a favor de Fuerza Popular, ventaja que resultó determinante para que la candidata Fujimori ganara la presidencia de la República por 44,191 votos.
Concluido el evento electoral, Sánchez, demostrando que es un pillo político y mal perdedor, lanzó una batería de ataques contra el Ministerio de Relaciones Exteriores, al sostener la infamia de que los cónsules cometieron irregularidades para perjudicarlo.
En palabras más simples, tachó de delincuentes a 78 representantes consulares, además del personal de apoyo que trabaja en esas oficinas, sin exhibir ninguna prueba o indicio de tales conductas deshonrosas.
Ante la calumnia, la Cancillería publicó un enérgico comunicado de protesta, pero Sánchez ha continuado su estridente arremetida, afirmando que denunciará al ministro por fraude electoral. Su descabellado argumento es que se rompió la cadena de custodia, lo cual es falso, porque, en una primera fase, a pedido de la ONPE, utilizaron el aplicativo para escanear las actas, pero en la segunda ronda decidieron que los resultados quedaran resguardados en valijas lacradas, que los funcionarios trasladaron a Lima y entregaron a la ONPE.
Sánchez desconoce, asimismo, que ni el ministro ni los embajadores tienen injerencia en este tema, reservado exclusivamente a los cónsules.
Por tal razón, bien hizo Torre Tagle en rechazar la difamatoria afirmación de improbados “actos de interferencia o manipulación, favorecimiento político o alteración del material electoral” en su contra.
Se trata, sin duda, de una nueva maniobra tracalera de Sánchez para anular los votos en el extranjero y así ganar los comicios que perdió en las urnas. Fracasará, como fracasó en su intento de invalidar 1751 mesas en Lima Metropolitana y 647 en Estados Unidos. Más aún, su reclamo fue desestimado por el Jurado Electoral Especial y por el Jurado Nacional de Elecciones.
Además, las misiones de observadores de la OEA y de la Comunidad Europea señalaron que no existe ningún indicio de fraude y que el proceso se desarrolló correctamente.
Derrotado, ahora Sánchez amenaza con realizar manifestaciones de protesta, para lo cual debe contar con autorización expresa del Ministerio del Interior, que ha rechazado anticipadamente otorgar el permiso.
Si las manifestaciones devienen en violencia, debe ser procesado penalmente, con mayor razón si se producen muertos, heridos o daños a la propiedad.
La democracia se sustenta en leyes, principios y valores que forman parte del Estado constitucional de derecho.
En el Perú hemos tenido líderes de izquierda de reconocida solvencia política y moral, como el exalcalde de Lima Alfonso Barrantes Lingán, el constitucionalista Enrique Bernales o el legislador Henry Pease, ninguno de los cuales hubiera cometido las tropelías de Roberto Sánchez, quien haría bien en observar la conducta del candidato colombiano Iván Cepeda, que perdió por una diferencia de 1% y de inmediato reconoció la victoria del opositor Abelardo de la Espriella.