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OPNIÓN/ Crisis del GNV en el Perú: cómo gestionar una emergencia energética sin paralizar el Paí

Escribe: Alberto Carpio Ávila

las crisis energéticas no solo revelan fallas técnicas. También revelan las fragilidades estructurales de las sociedades que dependen de esas infraestructuras invisibles que, día tras día, sostienen la vida de las ciudades.

La explosión ocurrida en el distrito amazónico de Megantoni, en la zona de influencia del sistema de gas de Camisea, produjo un efecto que en las grandes ciudades suele parecer imposible: la interrupción súbita de un flujo invisible del cual dependen cientos de miles de actividades cotidianas. En Lima y Callao, donde una parte significativa del transporte público, taxis y flotas corporativas funciona con gas natural vehicular (GNV), la reducción del suministro se tradujo casi inmediatamente en colas en los grifos, incertidumbre entre los conductores y temor a un incremento abrupto de costos de transporte.

Las crisis energéticas tienen una característica que las distingue de otros problemas logísticos: se propagan con rapidez por sistemas interconectados. Un evento localizado en un punto remoto, una estación de válvulas, un ducto, una planta, puede alterar simultáneamente la movilidad urbana, el precio de la electricidad, la logística de alimentos y la estabilidad económica de miles de trabajadores. En ese contexto, la respuesta pública no puede improvisarse; requiere priorización, secuencia y claridad estratégica.

La gestión de esta crisis exige pensar en tres horizontes temporales distintos: medidas de emergencia para evitar el colapso del transporte urbano, acciones de estabilización en las semanas siguientes y reformas estructurales que reduzcan la vulnerabilidad del sistema energético peruano en el futuro.

Prioridad máxima (primeros días)

Evitar el colapso del transporte urbano y de los servicios esenciales

Las primeras decisiones en una crisis energética no buscan resolver el problema estructural, sino ganar tiempo. Cuando el suministro se reduce abruptamente, la clave es evitar que el sistema urbano entre en espiral de desorganización.

Priorizar el uso del gas disponible

La primera medida consiste en establecer una jerarquía clara de consumo. No todos los usos del gas tienen la misma importancia social. En situaciones de emergencia, el suministro debe orientarse hacia actividades críticas.

La prioridad debería organizarse de la siguiente manera:

  • Hospitales y servicios de emergencia

  • Generación eléctrica crítica

  • Transporte público masivo (buses y corredores)

  • Hogares conectados a gas natural

  • Transporte de alimentos y logística

  • Vehículos particulares que usan GNV

Este orden permite asegurar que los servicios que sostienen la vida urbana continúen funcionando incluso con suministro reducido.

Teletrabajo temporal en el sector público y privado

Una de las herramientas más rápidas para reducir el consumo de combustible es disminuir la movilidad urbana. Durante un período limitado, dos o tres semanas, el gobierno podría implementar teletrabajo obligatorio en el sector público cuando las funciones lo permitan y recomendar su adopción en empresas privadas.

La experiencia reciente demuestra que la reducción de desplazamientos tiene efectos inmediatos en el consumo energético. Si entre un 20 % y un 30 % de trabajadores deja de desplazarse diariamente, la presión sobre el sistema de transporte disminuye de forma significativa. Además, las reuniones virtuales obligatorias en entidades públicas pueden contribuir a mantener la actividad administrativa sin generar desplazamientos innecesarios.

Horarios laborales escalonados

Otra medida complementaria consiste en modificar temporalmente la distribución de los horarios laborales. El ingreso diferido en oficinas públicas, los horarios escalonados en grandes empresas y la ampliación de las horas de operación del transporte público pueden reducir los picos de demanda que saturan tanto las estaciones de abastecimiento de combustible como las principales vías urbanas.

Al dispersar los flujos de movilidad a lo largo del día, el sistema de transporte se vuelve más manejable incluso con menor disponibilidad de combustible.

Prohibición temporal de conversiones improvisadas

Las crisis energéticas también generan comportamientos riesgosos. Cuando el GNV escasea, algunos conductores intentan utilizar GLP o realizar modificaciones informales en los sistemas de combustible de sus vehículos. Estas prácticas pueden provocar fugas, incendios o explosiones.

Por ello, el gobierno debería emitir una alerta técnica nacional que prohíba explícitamente el uso de GLP en sistemas diseñados para GNV y advierta sobre los peligros de las conversiones improvisadas. Las autoridades técnicas y los bomberos pueden desempeñar un papel importante en la difusión de estas advertencias.

Prioridad alta (semanas)

Estabilizar el sistema energético y de transporte

Una vez superada la fase más crítica, el objetivo pasa a ser estabilizar el sistema urbano mientras se restablece el suministro normal de gas.

Habilitar combustibles sustitutos temporalmente

Durante la emergencia, los vehículos que utilizan GNV deben contar con alternativas para continuar operando. El uso temporal de gasolina o GLP, siempre y cuando el vehículo disponga de un sistema dual certificado, puede permitir que taxis y transporte urbano sigan funcionando.

Para evitar que esta transición genere un aumento excesivo de costos, el gobierno podría reducir temporalmente el impuesto selectivo al consumo (ISC) aplicado a combustibles sustitutos y establecer mecanismos de apoyo económico al transporte público.

Liberar reservas y acelerar importaciones

Otra herramienta para evitar alzas abruptas de precios consiste en liberar inventarios estratégicos de combustibles y acelerar las importaciones de gasolina o GLP cuando sea necesario. En una crisis energética, el objetivo de estas medidas no es reemplazar completamente el suministro perdido, sino amortiguar el impacto sobre los precios y asegurar que el combustible disponible llegue a los sectores más importantes.

En ese contexto, Lima y Callao deberían recibir prioridad logística debido a la concentración de población y actividad económica.

Redirigir el gas disponible

Mientras se realizan las reparaciones del ducto o de la infraestructura afectada, el gas disponible debe utilizarse de manera estratégica. Reducir temporalmente el consumo industrial no esencial puede liberar volúmenes adicionales para la generación eléctrica y el transporte público.

Este tipo de medidas son comunes en crisis energéticas internacionales y permiten mantener operativos los sectores críticos de la economía.

Plan de movilidad de emergencia en Lima

Finalmente, las autoridades municipales y el gobierno central deberían coordinar un plan de movilidad urbana de emergencia. Entre las medidas posibles se incluyen carriles exclusivos temporales para buses, refuerzo de la operación del Metro de Lima y promoción del transporte compartido.

El objetivo es maximizar la eficiencia del sistema de transporte colectivo y reducir la dependencia de vehículos individuales durante la crisis.

  Prioridad estratégica (meses)

Reducir la vulnerabilidad del sistema ante futuras interrupciones

La explosión en Megantoni revela un problema más profundo: el sistema energético peruano depende de una infraestructura relativamente concentrada y no redundante. Cuando un elemento falla, los efectos se propagan rápidamente.

Crear reservas estratégicas de gas

Uno de los elementos más débiles del sistema energético peruano es la escasa capacidad de almacenamiento de gas natural. Muchos países mantienen reservas equivalentes a entre treinta y noventa días de consumo para enfrentar emergencias.

El Perú podría desarrollar estas reservas mediante diversas tecnologías, como el almacenamiento de gas natural licuado (GNL), cavernas subterráneas o grandes tanques criogénicos. Estas infraestructuras permitirían amortiguar interrupciones temporales del suministro.

La lección estratégica de la crisis

Las ciudades modernas dependen de redes complejas que transportan energía, información y bienes. Estas redes suelen funcionar de manera tan eficiente que su existencia pasa desapercibida para la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo, cuando uno de sus nodos críticos falla, el efecto se siente de inmediato.

La crisis provocada por la explosión en Megantoni recuerda un principio básico de ingeniería de sistemas: cuando una infraestructura crítica depende de un único punto de falla, ese punto se convierte en un riesgo nacional.

Una fuga en un ducto ubicado en la Amazonía puede alterar el funcionamiento de millones de personas en la costa. Por ello, la gestión de esta emergencia no debe limitarse a restaurar el suministro. Debe convertirse también en una oportunidad para fortalecer la resiliencia energética del país y preparar al sistema urbano para enfrentar futuras contingencias.

En última instancia, las crisis energéticas no solo revelan fallas técnicas. También revelan las fragilidades estructurales de las sociedades que dependen de esas infraestructuras invisibles que, día tras día, sostienen la vida de las ciudades.

Las infraestructuras modernas funcionan con una precisión admirable. Pero esa precisión tiene un costo: cuando algo falla, el impacto puede ser inmediato y generalizado.

Las ciudades, con sus avenidas saturadas, sus trenes subterráneos y sus millones de motores encendidos cada día, dependen de redes energéticas que rara vez aparecen en la imaginación colectiva.

La explosión en Megantoni recuerda que esas redes existen. Y que, cuando se interrumpen, la ciudad entera descubre de pronto hasta qué punto su vida cotidiana depende de un flujo invisible que, hasta ese momento, nadie había pensado demasiado.

 

 

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