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EL ODIO: EL CASO LEGUÍA (3)

Escribe: Luis Gonzales Posada

Al día siguiente del golpe militar de Sánchez Cerro, el domicilio del presidente Leguía fue asaltado, saqueado e incendiado.

La historiadora María Delfina Álvarez Calderón, en su libro El saqueo olvidado, escribió que una turba “cargada de rencor e intención de venganza política robaron cuanto pudieron con hampones y estudiantes que corrían por las calles adyacentes mientras cargaban muebles, paquetes, vajillas y otros objetos, para luego rematarlos a precios irrisorios, al mismo tiempo que sustraían documentos importantes y que podrían ser en alguna medida comprometedores para los golpistas”.

Leguía fue detenido y procesado en flagrante violación a la Constitución, porque le correspondía primero un antejuicio en el Congreso y después en la Corte Suprema.

Sin embargo, su caso fue derivado a un organismo inexistente, el Tribunal de Sanción, calificado con acierto por el periodista Federico More de “monstruosidad jurídica, bajo disfraz jurídico”.

Sobre el martirio del derrocado mandatario, Basadre recuerda que “la celda que ocupó era baja, húmeda, sucia, pestilente y cuya ventana había sido tapiada, no vino a ser sino una de las torturas que se acumularon para él, sin tener comunicación con el exterior, sin contar con servicios higiénicos. No podía conciliar el sueño por las noches a causa de los gritos de los centinelas y, durante mucho tiempo, no recibió asistencia médica para los padecimientos que sufría”.

El embajador Carlos Alzamora Traverso narra que “a través de los barrotes sus zafios carceleros observaban todos sus movimientos. Aun los más íntimos, y lo hacen objeto de todos los maltratos, afrentas y humillaciones posibles, de soeces burlas cuando, recostada su frente en la pared de la celda y con una lata en la mano, debe pasar largas horas de atroces dolores tratando de vaciar su vejiga gota a gota. El anciano presidente no tiene siquiera el descanso del sueño. La luz encendida de día y noche no lo deja dormir. En las noches hombres de uniforme terminan sus parrandas visitando bebidos su celda y haciéndolo objeto de toda clase de insultos y humillaciones”.

Rene Hooper, diplomático e historiador, manifestó que se encontraba en una celda de no más de nueve metros, “donde se instalaron dos camas pobrísimas, dos toscas sillas y una mesa, donde la ropa tenía que colgarse en los clavos de las paredes y la única ventana que daba al exterior fue tapiada”.

No se equivocó su médico y amigo Pedro Villanueva Urquijo, padre del líder aprista Armando Villanueva del Campo, al sostener que “en lo que erró profundamente Leguía fue en no apreciar la vileza de sus adversarios; incomunicación perpetua; privación del aire; la tortura de la luz eléctrica; la fiscalización de sus movimientos más insignificantes. Juan Leguía –su hijo, que le introducía un catéter por la uretra para que pudiera miccionar– conoce los nombres de dos oficiales que después de burlarse del preso que en esos momentos sufría los síntomas de su enfermedad, lo vejaron de palabra en los términos más soeces”.

Víctor Larco Herrera, conmovido por esos actos de barbarie escribió un desgarrador libro titulado Leguía, el mártir de la penitenciaría.

Y el propio agraviado dijo que “jamás ningún mandatario peruano en desgracia, y como estoy yo, al borde de la tumba, fue tan cruelmente vejado por sus irreconciliables enemigos. El odio de estos ha ido adquiriendo paulatinamente caracteres salvajes, al extremo de ordenar martirizarme hasta cuando duermo”.

A su fallecimiento, persiguieron a su familia, amigos y colaboradores. Prohibieron que los diarios publicaran la noticia para que la población no acompañara el cortejo fúnebre. Destruyeron bustos y placas de las grandes avenidas que construyó, hoy nominadas Arequipa, Costanera, Venezuela, Alfonso Ugarte y Brasil. Su apellido fue eliminado de toda referencia y no ha sido reivindicado, tarea pendiente de la Municipalidad de Lima.

Contamos lo sucedido para que se conozca la dimensión del odio, que nos enfrenta y destruye, como advertía la historiadora Rostworowski.

Un odio, que destruye seres humanos e instituciones, que se ceba con los caídos en desgracia, manipulando la aplicación de las leyes para destruirlos hasta que mueran y mas allá de la muerte, como ocurrió con Leguia. Lo recuerdo ahora que Fujimori está libre, porque también recuerdo que algunos personajes que sirvieron en su gobierno, bien remunerados, silenciosos y obedientes, son los mismos que hoy pretenden borrar ese episodio de su biografía atacando sin piedad a un ex mandatario enfermo, de 85 años, que ha pasado 16 años encarcelado.

Al hacerlo no son héroes ni referentes cívicos sino villanos, una notable diferencia que distingue el bien del mal.

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