pese a gestos aislados e intenciones plausibles, los cinco primeros días de Keiko tienen muchas brumas. Y todos esperamos algo más de claridad
Uso la medida temporal en días efectivos que ha establecido la presidenta Keiko Fujimori para llevar la cuenta de lo que durará su gobierno. Bajo este parámetro, apenas le quedan 1.821 vueltas dobles del reloj en el ejercicio del mando supremo de la nación.
Y digo “apenas” porque, efectivamente, las urgencias nacionales son de tal magnitud que, en cada segundo transcurrido, se gana o se pierde en el afán de satisfacerlas. Los primeros cinco días demuestran intenciones razonables y buenos propósitos, pero todavía bajo el halo general de la nebulosa.
Hace una semana, en esta misma columna de opinión, centré mi esperanza en que la señora Fujimori abordara lo relativo al flagelo de la minería ilegal y sus siniestras ramificaciones durante su primer mensaje al Congreso. Mi ilusión fue absorbida por el fracaso, al igual que la de muchos otros que sugirieron temas variados.
Sin embargo, el hecho de que la primera mandataria escogiera un esquema discursivo acotado y sostenido en siete ejes de acción no invita a una crítica febril y desproporcionada. Reflexionando bien, ese debe ser el paradigma de los futuros mensajes de Fiestas Patrias. Nada de agobiarnos con cifras, balances o promesas soporíferas, pues para eso están los ministros, quienes sí tienen la obligación de ser directos y específicos.
Justamente, la conformación del primer gabinete ministerial es lo que más polémica ha generado, incluso más que medidas gubernamentales controvertidas como, por ejemplo, el aumento de la remuneración mínima vital. Su alto perfil político y la presencia de personajes con experiencias muy variadas en el Estado han hecho inevitables las reacciones encontradas.
Una de las más severas ha sido la del jurista Humberto Abanto —abogado de Pier Figari y Ana Herz, muy cercanos a Keiko, en el caso Cócteles— contra la designación de Rafael Belaúnde Llosa, antiguo y feroz crítico del fujimorismo, al frente del Ministerio de Defensa.
Me sorprende el poco celo escrutador con el que se asegura solemnemente que Carlos Espá ha sido colocado al frente de la Cancillería por el Gobierno de los Estados Unidos, debido a una función bastante modesta que cumplió en el área de prensa de la embajada de ese país hace muchos años.
Esto ocurrió incluso antes de que el consorcio político-mediático-judicial nativo —con Gustavo Gorriti a la cabeza, el fallecido Francisco Soberón, de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, y otros— fuera amo y señor de esa legación diplomática, en los días en que medraba con los recursos de USAID y los tontuelos gringos se los concedían a manos llenas.
La Administración Trump —con la que este columnista no simpatiza— ha lanzado el anzuelo del Escudo de las Américas desde la gestión de José Jerí, días en que Marco Rubio calificó al Perú como “socio estratégico no OTAN”, y Torre Tagle trabajó esa ficha.
Espá la ha corroborado, así como recientemente ratificó la firme alianza de nuestro país con Marruecos, nación eje entre África y el mundo occidental, a la que el gobierno de Pedro Castillo quiso humillar al reconocer la pretensión secesionista de la fantasiosa República Árabe Saharaui, no reconocida por la ONU.
El Perú debe agradecer la vigencia de esa alianza al excanciller Luis Gonzales Posada, al expremier Luis Solari de la Fuente y a otras personalidades.
Reitero que, pese a gestos aislados e intenciones plausibles, los cinco primeros días de Keiko tienen muchas brumas. Y todos esperamos algo más de claridad