Desde el triunfo electoral de Pedro Castillo Terrones en 2021, Sendero revivió públicamente, cada vez con más audacia.
Un nicho (breve como todos los nichos) de ingenuos, otro de tontos útiles, un tercero de cómplices y un último de mercenarios vividores, están empeñados en convencernos de que lo que hubo en el país en los ochenta y noventa del siglo pasado no fue terrorismo vesánico sino conflicto armado interno, de que los principales violadores de derechos humanos en ese período fueron los miembros de las fuerzas del orden y no la banda criminal de Abimael Guzmán y, sobre todo, de que Sendero Luminoso ya no existe o que ya abandonó la estrategia político- militar de toma del poder a toda costa y por cualquier vía.
Han logrado posicionar el término “terruqueo” como si cualquiera que sostenga la vigencia actual de Sendero Luminoso fuera un farsante. Simplemente, desconocen la historia y pretenden ignorar que Sendero nunca se rindió, sólo firmó un Acuerdo de Paz por el que salvó a sus principales cuadros en libertad y se comprometió a constituirse en movimiento político-electoral. Sendero convirtió la inminente derrota militar total en sobrevivencia política sin renunciar a su discurso maoísta- polpotiano (¿sabrán los aliados de Sendero quién fue Pol Pot?). El pensamiento Gonzalo no es otra cosa que ese discurso anacrónico y la práctica criminal que lo acompaña.
La transformación de Sendero Luminoso en su versión política, el Movimiento por la Amnistía General y los Derechos Fundamentales (MOVADEF), fue entonces un logro de la cúpula de Guzmán y no, como dicen sus aliados, la extinción de Sendero ni el fin de su vocación terrorista.
Si algo sabe Sendero es agazaparse, trabajar en la clandestinidad e imbricarse con las economías criminales.
Esto le permite mantener destacamentos entrenados y acceder a recursos financieros ingentes y regulares. Sendero no desapareció, adoptó nuevas formas orgánicas y, con el gobierno de Castillo, pudo alcanzar posiciones de poder real en el Estado, posiciones que aún conserva, camufladas, en las estructuras menores del gobierno interior.
Por último, Sendero tiene paciencia y cree en la guerra popular prolongada del campo a la ciudad o sea: está preparado para mimetizarse y para esperar, sobre todo cuando ha logrado construir una sólida economía interna que le permite tener una estructura de cuadros profesionales.
¿A qué viene esto?
A principios de los noventa Guzmán entró en estado febril y declaró haber alcanzado el “equilibrio estratégico” en la lucha armada contra el Estado, así lo declaró en lo que sus partidarios llamaron La Entrevista del Siglo. Entonces arreciaron los atentados en Lima, cuyo episodio culminante fue la explosión de un camión de anfo en la Calle Tarata en Miraflores. La exposición de la cúpula senderista fue inevitable y, gracias al trabajo del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), terminó capturada el 12 de setiembre de 1992 en la llamada Operación Victoria.
Luego, en vez de arrasar con los restos de la banda criminal, el gobierno de Fujimori pasó a negociar el Acuerdo de Paz, negociación que estuvo a cargo de Vladimiro Montesinos. Este fue un error cuyo costo pagamos hasta hoy.
Bueno pues, sucede que, parafraseando a Marx, la historia se repite, una vez como tragedia y otra como farsa.
Desde el triunfo electoral de Pedro Castillo Terrones en 2021, Sendero revivió públicamente, cada vez con más audacia. Tras el intento frustrado de golpe de Estado por parte del expresidente, mostró su nueva fuerza (con aliados y cómplices incluidos) durante más de dos meses. Perdió la batalla por el poder pero agregó posiciones y nuevos respaldos.
Entonces, los dirigentes visibles del Sendero redivivo (Íber Maraví, César Tito Rojas entre otros) entraron en nueva fiebre y, aunque no lo proclamaron, se sintieron nuevamente en el equilibrio estratégico. Sendero nunca rehuyó el escenario electoral, lo consideró siempre un terreno de acumulación de fuerzas. Llegó a 2025 en éxtasis, nuevamente en vientre de alquiler. Roberto Sánchez, oportunista al fin, se entregó a sus demandas, desde el símbolo hasta las listas. A punto estuvo de ganar en 2026, disfrazado de sombrero, las elecciones otra vez. Pero no pudo.
Hoy Sendero controla la bancada congresal de Juntos por el Perú y parte de la de Ahora Nación y de la de Obras. No creo que por mucho tiempo, pero esto le permitió abandonar el hemiciclo segundos antes del inicio del discurso de la Presidente de la República y convocar a una raleada movilización de sus organizaciones sociales, más bien de sus organismos generados. Aunque la respuesta popular fue prácticamente nula y volvió a fracasar el 29, está claramente al acecho de cada eventual error del gobierno, para seguir sumando fuerzas circunstanciales. El valor de la persistencia no está suficientemente aquilatado en el Perú.
La idea de los nuevos senderistas es construir un relato verosímil de que está en proceso de consolidación un nuevo poder diferente del poder oficial
En la teoría leninista, el equilibrio estratégico debe traducirse en dualidad de poderes. Por eso la insistencia del nuevo Sendero Luminoso en desconocer el resultado electoral o en “reconocer” a Roberto Sánchez como “su presidente”, tema que sus parlamentarios enarbolaron luego de salir del Congreso el 28 y que ya comenzó a agotarse por insuficiencia del personaje. La idea de los nuevos senderistas es construir un relato verosímil de que está en proceso de consolidación un nuevo poder diferente del poder oficial y, en este punto, la manga de aliados y cómplices juega un papel protagónico. Son los expertos en narrativas, que al final defienden su fuente de ingresos.
Descuidar este escenario es un enorme equívoco. Ya es hora de que, quienes padecimos la experiencia del Sendero asesino digamos orgánicamente nuestra verdad y que lo hagamos con conocimiento y valentía. Esto no quiere decir que no combatamos enérgicamente cualquier violación de derechos humanos, sólo implica que lo hagamos sin anteojeras.