Perú no necesita más sembradores de odio. Necesita unidad, integración y un proyecto común que reconozca que, más allá de nuestras diferencias regionales, todos compartimos una misma nación y un mismo destino.
Cada cierto tiempo resurgen voces que intentan instalar la falsa idea de que Lima vive de espaldas al Perú, como si la capital fuese una entidad ajena al resto de la nación. No se trata de una afirmación inocente ni de una simple diferencia de opinión: detrás de ese discurso existe una clara intencionalidad política orientada a sembrar resentimiento, fractura social y enfrentamiento entre compatriotas.
Esa prédica, repetida hasta el cansancio por sectores radicales y oportunistas, pretende revivir un antagonismo artificial entre “Lima” y “el interior del país”, como si ambas realidades fueran excluyentes. Pero la verdad es exactamente la contraria: Lima es la expresión más visible del Perú profundo, diverso y mestizo.
La capital no está conformada por una élite aislada ni por una identidad homogénea. Lima es el punto de encuentro donde convergen y se mezclan las diversas tradiciones, costumbres, lenguas y orígenes étnicos de todas las regiones del país Es el territorio por el que circulan todas las sangres. Es la ciudad construida por millones de provincianos que llegaron con esfuerzo, sacrificio y esperanza para forjar un futuro mejor para sus familias.
Basta recorrer la ciudad para comprobarlo. Lima sur refleja con fuerza la presencia de los pueblos del sur andino; Lima norte concentra históricamente a miles de familias provenientes del norte del país; mientras que Lima este alberga a importantes comunidades llegadas del centro del Perú. En la identidad urbana de la Lima de hoy no hay limeñidad posible sin la dinámica presencia provinciana. La gastronomía, las festividades, la música, los acentos y las uzansas de todas las regiones viven hoy en la capital.
Negar esa realidad equivale a negar la propia historia contemporánea del Perú. Por eso resulta irresponsable y profundamente nocivo insistir en el discurso de que “Lima no es el Perú”. Quienes promueven esa consigna no buscan integración ni justicia social; buscan alimentar el resentimiento como herramienta política. Necesitan dividir al país entre supuestos bandos irreconciliables para capitalizar electoralmente el descontento y la frustración de la población.
Se trata de un discurso peligroso porque erosiona la idea misma de nación. Ningún país puede construir futuro sobre la base del odio interno ni sobre la confrontación permanente entre sus ciudadanos. El Perú necesita cerrar brechas, descentralizar oportunidades y fortalecer la presencia del Estado en todas las regiones, pero nada de ello se conseguirá alentando rivalidades entre peruanos.
La crítica al centralismo puede y debe existir. Lo que no puede aceptarse es la manipulación política que convierte esa discusión legítima en una campaña de hostilidad contra millones de ciudadanos que también son hijos de las provincias y que han hecho de Lima su hogar.
Lima no es una ciudad ajena al Perú. Lima es, precisamente, el crisol en que se funde nuestra pluriculturalidad, es el rostro más evidente de la diversidad peruana. Y quienes intentan romper ese vínculo histórico y humano cargan con la responsabilidad de alimentar un discurso de división que tanto daño le ha hecho al país.
El Perú no necesita más sembradores de odio. Necesita unidad, integración y un proyecto común que reconozca que, más allá de nuestras diferencias regionales, todos compartimos una misma nación y un mismo destino.