Perú compite con otras naciones de la región que ya han apostado por planificar su turismo a largo plazo. Mientras esos países amplían su oferta y consolidan su presencia en el mercado global, el nuestro corre el peligro de quedarse rezagado
El sector turístico en el Perú ha mostrado una sorprendente resiliencia y capacidad de expansión, incluso en escenarios poco favorables. A lo largo de los últimos veinte o treinta años, el país consiguió ganar visibilidad internacional apoyándose en su riqueza cultural, su diversidad natural y su cocina. No obstante, este desarrollo ha avanzado en buena parte sin contar con una planificación turística moderna y coherente, vacío que se hace cada vez más notorio en la conversación política previa a los comicios de 2026.
Al revisar los planes elaborados hasta el momento, se observa una tendencia inquietante: el turismo aparece nombrado, pero casi nunca se le trata como una verdadera política estatal. En la mayoría de los casos se le describe simplemente como generador de empleo o motor de crecimiento, sin un análisis riguroso ni propuestas específicas sobre uso del territorio, sostenibilidad o gobernanza. Se valora su potencial, pero se ignora su complejidad real.
Esta carencia de planeamiento no es reciente. La expansión desordenada ha producido marcados desequilibrios entre regiones. Mientras lugares como Cusco lidian con sobrecarga de visitantes, deterioro ambiental y desgaste urbano, otras zonas con gran atractivo turístico apenas reciben viajeros ni inversión. El país continúa apoyándose en unos cuantos destinos emblemáticos, careciendo de una estrategia para ampliar su oferta o repartir de forma más equitativa las ganancias del turismo.
Las consecuencias ambientales agravan el panorama. La ausencia de estudios recientes sobre capacidad de carga y de normas uniformes deja expuestos a riesgos crecientes a espacios naturales y sitios patrimoniales. El desgaste de rutas ancestrales, la tensión sobre el agua en zonas costeras y la falta de lineamientos claros en la selva evidencian lo que ocurre cuando se avanza sin un rumbo definido.
También hay una dimensión social del problema. En numerosos destinos, el crecimiento turístico se ha dado sin preparar debidamente a las poblaciones locales. Las ganancias económicas terminan concentradas en pocas manos, mientras que las comunidades cargan con los efectos negativos: encarecimiento del suelo, servicios públicos desbordados y erosión de su identidad. Sin una planificación adecuada, el turismo deja de integrar y empieza a generar conflictos.
Cabe subrayar que actualizar un plan no es un simple trámite administrativo. Se trata de un instrumento clave para establecer prioridades por territorio, mejorar la infraestructura de conexión, regular el crecimiento urbano en zonas turísticas, fortalecer a los actores locales y salvaguardar el patrimonio natural y cultural. Asimismo, permitiría una mejor articulación entre el Estado, la empresa privada y las comunidades, vínculo que hoy está disperso y funciona con poca eficiencia.
El Perú compite con otras naciones de la región que ya han apostado por planificar su turismo a largo plazo. Mientras esos países amplían su oferta y consolidan su presencia en el mercado global, el nuestro corre el peligro de quedarse rezagado, a pesar de poseer condiciones excepcionales para destacar.
Con la mirada en lo que nos espera en el futuro, el reto es evidente: dejar atrás las menciones superficiales y construir una visión estratégica real. El turismo puede seguir expandiéndose sin rumbo definido, pero el precio de esa improvisación será alto y lo pagarán el territorio, el medioambiente y las comunidades. La pregunta de fondo no es si el turismo puede seguir creciendo así, sino si el país está dispuesto a continuar improvisando cuando su potencial exige, en cambio, una planificación con visión de futuro.