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OPINIÓN/ Sáhara Marroquí: la verdad frente a la ideología

Escribe: Ricardo Sánchez Serra

 

Vi con mis propios ojos el infierno de Tinduf, la cárcel más grande del mundo a cielo abierto: represión policial, ausencia de libertades, condiciones inhumanas y un pueblo sin futuro.

El excanciller Óscar Maúrtua pretende defender a la fantasmagórica República Árabe Saharaui Democrática (RASD) como si fuera un Estado legítimo. No lo es. No figura en la ONU ni como miembro ni como observador, y su reconocimiento internacional es marginal y controvertido. Es, en realidad, un apéndice de Argelia, sostenido por el caudillaje terrorista del Frente Polisario, que mantiene secuestrado al pueblo saharaui marroquí en los campamentos de Tinduf.

Maúrtua escribe en un diario local desde la comodidad de una hamaca limeña, una lectura tan parcial de una controversia que exige, precisamente, realismo, conocimiento histórico y atención a la evolución de la posición de las Naciones Unidas. Y lo hace sin haber pisado jamás el terreno.

Yo sí estuve allí. Vi con mis propios ojos el infierno de Tinduf, la cárcel más grande del mundo a cielo abierto: represión policial, ausencia de libertades, condiciones inhumanas y un pueblo sin futuro. Allí se habla de 95 mil refugiados, pero en realidad no pasan de 40 mil.

Por eso la resolución del Consejo de Seguridad es crucial: abre un camino viable hacia una solución seria, justa y duradera

La ausencia de un censo transparente, bloqueado por Argelia y el Polisario, impide que los saharauis marroquíes puedan decidir libremente si permanecer en Argelia, regresar a Marruecos o buscar un tercer país. Jurídicamente, ni siquiera son refugiados, porque para obtener ese estatus deberían responder preguntas esenciales sobre su voluntad de retorno o reasentamiento. La negativa a realizar ese registro no es casual: permite inflar las cifras, presentar 95 mil personas cuando en realidad no pasan de 40 mil, y así captar más ayuda humanitaria, cuyo excedente termina desviado (léase vendido).

En contraste, en Dajla ví la libertad: ciudadanos saharauis que trabajan, estudian y votan en elecciones marroquíes. Allí se percibe actividad económica, oportunidades y una perspectiva de futuro. Esa diferencia no puede ser ignorada por ningún diplomático que pretenda analizar el conflicto con objetividad. Yo he conocido esas realidades y, por ello, resulta difícil aceptar determinados argumentos formulados desde una perspectiva exclusivamente doctrinaria y cómoda.

El artículo, al igual que el pensamiento del excanciller Maúrtua, está marcado por una ideología anacrónica, compartida por algunos de sus adeptos en la Cancillería, que parecen vivir aún en la Guerra Fría

¿Cómo puede un excanciller minimizar la trascendencia de la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, aprobada en 2025? Ese texto marcó un giro histórico: reconoció la propuesta marroquí de autonomía como seria, creíble y realista, y la colocó como base de las negociaciones. La ONU lleva más de 50 años paralizada en este tema. Y si el Sáhara figura en la IV Comisión es porque Marruecos pidió su inclusión en los años 60, ante la negativa de España de devolverle el territorio tras su independencia. Medio siglo después, el estancamiento es evidente. Por eso la resolución del Consejo de Seguridad es crucial: abre un camino viable hacia una solución seria, justa y duradera.

El artículo, al igual que el pensamiento del excanciller Maúrtua, está marcado por una ideología anacrónica, compartida por algunos de sus adeptos en la Cancillería, que parecen vivir aún en la Guerra Fría. La libre determinación es, por supuesto, un principio del derecho internacional; pero en Tinduf no existe, reitero, tal opción: allí los saharauis son marroquíes secuestrados, privados de decidir su destino.

Pretender que Tacna y el Sáhara son procesos jurídicamente intercambiables es una simplificación que no resiste un examen serio. Tacna terminó con un tratado; el Sáhara continúa buscando una solución política

Tacna y el Sáhara: la falacia de la analogía

Maúrtua pretende comparar el Sáhara con Tacna. Nada más débil. Tacna fue consecuencia de una guerra internacional y su destino se resolvió mediante tratados bilaterales: el de Ancón en 1883 y el de Lima en 1929, que cerró definitivamente la cuestión territorial. El Sáhara, en cambio, es un proceso de descolonización iniciado con la retirada española, sin un tratado equivalente que haya resuelto su estatuto.

La Opinión Consultiva de la Corte Internacional de Justicia de 1975 reconoció vínculos jurídicos de lealtad entre el sultán de Marruecos y tribus saharauis – hecho omitido por Maúrtua-. No negó la relación histórica. Pretender que Tacna y el Sáhara son procesos jurídicamente intercambiables es una simplificación que no resiste un examen serio. Tacna terminó con un tratado; el Sáhara continúa buscando una solución política. Confundir ambos procesos no es defender el derecho internacional: es recurrir a una analogía histórica que se derrumba ante cualquier análisis riguroso.

El consenso internacional se mueve

También resulta imposible analizar hoy el Sáhara como si el mundo diplomático permaneciera inmóvil. España ha respaldado con firmeza la propuesta marroquí de autonomía, considerándola la fórmula más seria, creíble y realista para resolver el conflicto. A esa posición se suman Estados Unidos y Francia, que también la reconocen como la única salida viable. En total, más de 120 países apoyan hoy el plan marroquí, consolidando un consenso internacional que refuerza la legitimidad de Marruecos frente a lecturas ideologizadas y  anacrónicas.

La diplomacia internacional se transforma. Las posiciones evolucionan, los equilibrios cambian y las soluciones que ayer parecían imposibles pueden convertirse mañana en las únicas alternativas realistas.

Maúrtua tiene todo el derecho de defender la tesis que considere conveniente. Lo que no puede pretender es que su interpretación sea presentada como la única lectura posible del derecho internacional cuando existen resoluciones del Consejo de Seguridad, antecedentes históricos, pronunciamientos jurídicos y realidades sobre el terreno que exigen un análisis mucho más amplio y menos dogmático.

Las medias verdades no son verdades. Y en diplomacia, como en la vida, una vieja sentencia popular conserva toda su vigencia: para mentir y comer pescado hay que tener mucho cuidado.

Maúrtua parece exhibir además, una renovada búsqueda de protagonismo público, acaso con la intención de recomponer su imagen ante una sociedad que no ha olvidado su paso por la Cancillería durante el gobierno corrupto y golpista de Pedro Castillo. Y resulta inevitable recordar que, tras la caída de Castillo y su posterior encarcelamiento, Maúrtua ni siquiera acudió a visitarlo en prisión.

Hoy intenta presentarse nuevamente como una voz autorizada sobre asuntos internacionales.

Está en su derecho.

Pero la autoridad diplomática no se recupera mediante artículos de opinión. Se construye con coherencia, conocimiento, experiencia y capacidad para interpretar los cambios de la realidad internacional.

La verdadera libertad no está en discursos ideologizados ni en consignas repetidas durante décadas. Está en que las personas puedan vivir, trabajar, estudiar, participar y decidir sobre su futuro.

Yo estuve en Tinduf y en Dajla.

Vi el dolor de uno y la esperanza del otro.

Por eso afirmo, con respeto, pero también con absoluta firmeza: la ideología no puede sustituir a la realidad, ni la fantasía puede reemplazar a la verdad.

La diplomacia no consiste en repetir el pasado. Consiste en comprender el presente para construir una salida posible hacia el futuro.

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