«Cuando un país cree que un solo fenómeno explica todo su clima, termina dejando de prepararse para los demás.»
Hay una pregunta que el Perú repite casi de manera automática cada vez que se acerca la temporada de lluvias: ¿Vendrá El Niño?
La escuchamos en los medios de comunicación, en las reuniones de autoridades, en el sector agrícola, entre empresarios y hasta en las conversaciones cotidianas. Pareciera que el comportamiento del clima nacional dependiera exclusivamente de la respuesta a esa interrogante.
Sin embargo, esa forma de entender nuestro clima puede convertirse en una peligrosa simplificación.
No porque El Niño no sea importante. Lo es, y mucho. El ENSO constituye uno de los principales moduladores del clima del planeta y explica buena parte de la variabilidad atmosférica y oceánica del Pacífico tropical. Ignorarlo sería un error.
Pero también lo es creer que explica absolutamente todo.
Hemos desarrollado una especie de «síndrome de El Niño»: la tendencia a interpretar cualquier anomalía climática únicamente a través de un fenómeno.
Si llueve más de lo normal, pensamos en El Niño.
Si llueve menos, pensamos en La Niña.
Si hace calor, miramos el Pacífico.
Si aparece una sequía o una inundación, buscamos inmediatamente el estado del ENSO.
Es una forma cómoda de interpretar una realidad que, en verdad, es extraordinariamente compleja.
La atmósfera funciona como una inmensa red de procesos interconectados. El ENSO es una de sus piezas, pero no la única. También intervienen la Zona de Convergencia Intertropical, la Oscilación Madden-Julian, las ondas Kelvin, la circulación de Walker, los vientos alisios, el Anticiclón del Pacífico Sur, el transporte de humedad desde la Amazonía, la temperatura del Atlántico tropical y la compleja geografía de los Andes.
Todos esos procesos interactúan entre sí.
Algunos se potencian.
Otros se compensan.
Por eso dos eventos con características oceánicas similares pueden producir temporadas de lluvias completamente distintas.
Pero existe un aspecto aún más fascinante.
El Perú no solo está conectado al océano Pacífico. Está conectado al planeta.
Los grandes monzones asiáticos redistribuyen enormes cantidades de calor y humedad que modifican la circulación atmosférica tropical. Esos cambios pueden propagarse mediante teleconexiones y terminar alterando el comportamiento del Pacífico y, en consecuencia, el clima sudamericano.
Algo parecido ocurre con el Atlántico.
Cada año, inmensas tormentas levantan polvo del desierto del Sahara. Esas partículas cruzan el océano impulsadas por los vientos alisios hasta llegar al Caribe y la Amazonía. Allí fertilizan los bosques con minerales, modifican procesos atmosféricos y recuerdan una verdad elemental: el clima no entiende de fronteras.
Lo que sucede en África puede terminar influyendo, directa o indirectamente, en Sudamérica.
Por eso reducir toda la discusión climática a El Niño es como observar un tablero de ajedrez concentrándose únicamente en la reina. Es una pieza poderosa, sí, pero ninguna partida se gana con una sola pieza.
Sin embargo, el mayor problema no está en la meteorología.
Está en la gestión del riesgo.
Durante décadas hemos asociado la intensidad de El Niño con la magnitud del desastre.
La realidad demuestra que esa relación no siempre existe.
La intensidad del fenómeno determina el peligro.
El desastre depende además de la vulnerabilidad.
Un ejemplo reciente ayuda a comprenderlo.
Hace poco, un sismo de magnitud cercana a 5 afectó la región Junín. Desde el punto de vista geofísico no fue un terremoto de gran magnitud. Pero si un evento relativamente moderado produce daños importantes, el problema ya no es únicamente la energía liberada por la naturaleza. También revela construcciones deficientes, infraestructura vulnerable y una preparación insuficiente.
Con las lluvias ocurre exactamente lo mismo.
Una precipitación intensa constituye la amenaza.
El desastre aparece cuando encuentra quebradas ocupadas, drenajes colapsados, ríos sin mantenimiento o ciudades que crecieron ignorando su propia geografía.
La naturaleza genera el fenómeno.
La sociedad define cuánto daño será capaz de provocar.
Por eso quizá estamos formulando la pregunta equivocada.
No deberíamos preguntar únicamente ¿Qué tan fuerte será El Niño? Deberíamos preguntarnos ¿Qué aumenta hoy el riesgo para el Perú y estamos preparados?
Porque mientras discutimos la intensidad del ENSO, cada año enfrentamos lluvias intensas, inundaciones, huaicos, tormentas eléctricas, oleajes anómalos, heladas, friajes, sequías, incendios forestales y olas de calor.
Todos son fenómenos recurrentes.
Muchos ni siquiera requieren un gran El Niño para ocasionar pérdidas humanas y económicas.
Sin embargo, rara vez ocupan el centro del debate nacional.
Quizá porque El Niño tiene un nombre conocido.
Quizá porque vende titulares.
O quizá porque resulta más sencillo responsabilizar a un fenómeno natural que reconocer nuestras propias vulnerabilidades.
El Perú necesita cambiar esa mirada. No debemos administrar únicamente nombres de fenómenos. Debemos administrar riesgos.
Eso significa fortalecer la observación meteorológica , oceanográfica e incluso espacial, ampliar las redes de monitoreo, integrar la información científica en la planificación del territorio, consolidar los sistemas de alerta temprana y reducir las vulnerabilidades antes de que llegue la siguiente temporada de lluvias.
Porque el clima seguirá cambiando.
Habrá años con El Niño, con La Niña y años neutros.
Continuarán apareciendo ondas Kelvin, pulsos de la Madden-Julian, variaciones en la ZCIT, cambios en el Atlántico y hasta nubes de polvo que viajarán desde el Sahara hacia la Amazonía.
Nada de eso puede detenerse.
Lo que sí podemos cambiar es nuestra forma de prepararnos.
Quizá el verdadero desafío no sea saber cuándo llegará el próximo El Niño.
El verdadero desafío es dejar de creer que todo depende de él.
Porque el Perú no vive bajo la influencia de un solo fenómeno.
Vive bajo la influencia de un sistema climático global extraordinariamente complejo.
Y un país que comprende esa realidad deja de reaccionar a los nombres de los fenómenos y empieza, por fin, a prepararse para los riesgos nacionales permanentes que nos acompañarán siempre. Digo Yo.
2 comentarios en «OPINIÓN/ El síndrome de El Niño»
Es cierto, ese trabajo debe ser asumido por el ENFEN, manifestar a nuestras autoridades y público el general que significa EL NIÑO, LA NIÑA , Y UN AÑO NEUTRO, explicarles en forma clara y sencilla que significan como se desarrollan y que beneficios traen.
Es cierto, ese trabajo debe ser asumido por el ENFEN, manifestar a nuestras autoridades y público el general que significa EL NIÑO, LA NIÑA , Y UN AÑO NEUTRO, explicarles en forma clara y sencilla que significan como se desarrollan y que beneficios traen.
Es muy buena interpretación de nuestra realidad que no toma las medidas necesarias para manejar este tipo de fenómenos recurrentes