Escribe: María del Pilar Tello

 

No esperamos santos, esperamos servidores públicos limpios, capaces de mirar de frente. Quien asuma un ministerio debe  representar una ruptura ética con el pasado inmediato.

 

El próximo gobierno no puede darse el lujo de comenzar mal. Su legitimidad de origen es reducida, no sólo por el estrecho resultado electoral, también porque nace en un país cansado, desconfiado y golpeado por la prolongada inestabilidad, la corrupción y las repartijas. Los nombres son el mensaje. No son un mero trámite administrativo, son el primer mensaje político del nuevo gobierno.  Su gabinete de unidad nacional debe reunir pluralismo, capacidad y honestidad.

Las dos primeras condiciones son indispensables, la tercera es no negociable. Se puede convocar a los mejores técnicos, pero ninguna habilidad profesional compensa una trayectoria marcada por denuncias graves, sombras o vínculos dudosos. En un país herido por la corrupción, la honestidad no es un adorno moral,  es la condición de un gobierno que necesita diferenciarse con claridad.

El Congreso saliente ha dejado una imagen deteriorada por pactos, blindajes, repartijas y leyes favorables a intereses oscuros. Si los nuevos Ejecutivo y Legislativo quieren recuperar confianza, deben cortar desde el primer día con la lógica anterior de servir y no de servirse del cargo. No solo cambiar nombres; cambiar estándares. No esperamos santos, esperamos servidores públicos limpios, capaces de mirar de frente. Quien asuma un ministerio debe  representar una ruptura ética con el pasado inmediato.

La transferencia, bien iniciada prontamente,  no puede ser la  antesala de acomodos ni cuotas. Es una nueva etapa en la que la honestidad debe brillar por su presencia, sin ella no habrá autoridad moral, lucha eficaz contra la corrupción, ni legitimidad recuperada. Gobernar bien empieza escogiendo bien. Es el primer examen de la nueva presidenta y también su primera oportunidad. Sin excusas, ni cálculos. El país entero mira a las personas que la acompañan.