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OPINIÓN/ La verdad del turismo receptivo en el Perú

Escribe: José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

 

sería un error interpretar los récords de divisas de 2024 como señal de que el trabajo está hecho. El Perú sigue siendo un país que atrae a pesar de sus limitaciones, no gracias a haberlas superado.

El turismo receptivo es una de las actividades más sensibles para evaluar la capacidad de recuperación económica y la estabilidad de un país. En el caso peruano, la evolución registrada entre 2019 y 2026 no solo revela el impacto devastador de la pandemia, sino también las fortalezas y debilidades estructurales de un sector estratégico para la generación de empleo, divisas e inversión regional.

El año 2019 marcó el punto más alto del turismo internacional en el Perú. Los 4,4 millones de visitantes recibidos y los casi 4 800 millones de dólares generados en divisas reflejaban más de una década de crecimiento sostenido, impulsado por la promoción internacional, el posicionamiento de la gastronomía peruana y el atractivo cultural de destinos como Machu Picchu, Cusco y Lima. El sector se había consolidado como una de las principales fuentes de divisas para la economía nacional y mostraba un importante efecto multiplicador sobre hoteles, restaurantes, transporte, comercio y servicios.

La pandemia produjo un quiebre histórico sin precedentes modernos. La caída de casi 80 % en el flujo de visitantes internacionales durante 2020 y 2021 puso en evidencia la enorme vulnerabilidad de una actividad profundamente dependiente de la conectividad aérea, la estabilidad sanitaria y la confianza internacional.

El desplome de ingresos golpeó especialmente a miles de pequeñas y medianas empresas ligadas al turismo, muchas de las cuales cerraron o redujeron drásticamente sus operaciones. Regiones con alta dependencia turística —como Cusco, Puno y Arequipa— sufrieron graves retrocesos económicos y sociales.

La recuperación iniciada en 2022 mostró señales alentadoras, aunque con un ritmo más lento que el de otros países latinoamericanos. Mientras economías vecinas recuperaban rápidamente sus niveles prepandemia, el Perú enfrentó obstáculos adicionales derivados de la inestabilidad política, los conflictos sociales y las deficiencias en la conectividad interna. Ello explica por qué la recuperación peruana resultó más moderada, pese a contar con una oferta turística de reconocimiento mundial. Aun así, el crecimiento sostenido desde 2022 demuestra que la demanda internacional por el destino Perú se mantuvo sólida y resiliente.

El desempeño de 2024 representa un hito especialmente significativo. Aunque el número de visitantes no igualó aún el nivel de 2019, el ingreso de divisas sí superó el récord histórico prepandemia. Este fenómeno refleja un cambio relevante en el perfil del gasto turístico: el visitante internacional estaría realizando un mayor consumo promedio, posiblemente asociado a estadías más prolongadas, ajuste de tarifas y una mayor orientación hacia segmentos de alto gasto. Desde una perspectiva económica, ello constituye una señal favorable, pues el valor generado por turista resulta tan importante como el volumen total de llegadas.

Otro aspecto de relevancia es la elevada dependencia de mercados regionales y fronterizos, especialmente Chile y Ecuador. Si bien estos mercados garantizan un flujo constante y relativamente estable, también exponen al sector ante cambios económicos o políticos en los países vecinos. Por ello, uno de los grandes desafíos del Perú será diversificar sus mercados emisores y fortalecer la captación de turistas de larga distancia, en particular de Norteamérica, Europa y Asia.

Las proyecciones para 2026 apuntan a la posibilidad de superar el récord histórico de llegadas internacionales previo a la pandemia. Sin embargo, la recuperación cuantitativa no garantiza por sí sola una consolidación sostenible del sector. El verdadero desafío será mejorar la infraestructura, la seguridad, la conectividad aérea, la calidad de los servicios y la sostenibilidad ambiental, con el fin de competir en un mercado turístico internacional cada vez más exigente.

La experiencia vivida entre 2019 y 2026 deja una enseñanza clara: el turismo peruano posee una notable capacidad de recuperación, pero también presenta debilidades estructurales que exigen políticas públicas consistentes y una visión de largo plazo. La información estadística producida por entidades como el MINCETUR y la Superintendencia Nacional de Migraciones seguirá siendo fundamental para diseñar estrategias que conviertan al Perú en un destino competitivo, resiliente y sostenible en el escenario internacional.

El recorrido del turismo peruano entre 2019 y 2026 invita a un optimismo fundamentado, aunque no exento de cautela. Es alentador constatar que el Perú no solo sobrevivió uno de los golpes más duros de su historia económica reciente, sino que además logró reposicionarse con un perfil de gasto turístico más valioso. Eso habla bien de la fortaleza intrínseca del destino: ninguna pandemia puede borrar Machu Picchu del imaginario del viajero mundial.

Sin embargo, sería un error interpretar los récords de divisas de 2024 como señal de que el trabajo está hecho. El Perú sigue siendo un país que atrae a pesar de sus limitaciones, no gracias a haberlas superado. La inestabilidad política, la inseguridad y la precariedad de la infraestructura interna continúan siendo frenos reales que otros destinos competidores no enfrentan con la misma intensidad. El potencial existe, y es extraordinario. Lo que aún está pendiente es la decisión colectiva de aprovecharlo con seriedad, consistencia y equidad para las regiones que más lo necesitan.

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