La democracia peruana no merece ser representada por actitudes destempladas, desplantes teatrales o comportamientos que evocan más la intimidación y el agravio que el respeto y la deliberación.
Existen episodios en la vida pública que, más allá de las discrepancias ideológicas o de las posiciones políticas en debate, terminan revelando una preocupante degradación de las formas elementales de convivencia democrática. El lamentable comportamiento exhibido por la congresista electa Norma Yarrow durante la ceremonia de entrega de credenciales constituye uno de esos casos.
La política democrática exige firmeza en las convicciones, pero también respeto por las instituciones y por las personas que las representan. La cortesía, la educación y las buenas maneras no son expresiones de debilidad ni concesiones ideológicas; son, por el contrario, atributos indispensables para la convivencia civilizada y para el adecuado funcionamiento de una república.
El desaire protagonizado durante la ceremonia oficial no puede ser interpretado como un gesto de valentía, autenticidad o coherencia política. Lo que se observó fue una actitud innecesariamente confrontacional, desagradable y, en muchos aspectos, una conducta inmoderada que desdice completamente de la investidura pública que se pretende ejercer. La estridencia y el desplante jamás reemplazarán a la argumentación ni al debate democrático.
Quienes ejercen representación política tienen el deber de comprender que las instituciones democráticas merecen respeto, aun cuando existan profundas discrepancias con sus decisiones o con quienes las dirigen. La crítica política es legítima; el agravio personal y la falta de urbanidad, no. Se puede disentir con firmeza y, al mismo tiempo, actuar con decencia, mesura y respeto.
Resulta particularmente preocupante que ciertos sectores pretendan normalizar este tipo de conductas, presentándolas como muestras de carácter o de consecuencia política. Nada más alejado de la realidad. La política convertida en espectáculo, en provocación permanente o en ejercicio de intimidación verbal y gestual termina erosionando la confianza ciudadana y degradando la calidad del debate público.
El Perú necesita dirigentes capaces de defender sus ideas con solvencia, pero también con educación. La firmeza de las convicciones no está reñida con las buenas formas. Como sabiamente señala el viejo adagio, lo cortés no quita lo valiente.
La democracia peruana no merece ser representada por actitudes destempladas, desplantes teatrales o comportamientos que evocan más la intimidación y el agravio que el respeto y la deliberación. La representación popular exige responsabilidad, altura moral y un compromiso permanente con las formas republicanas. Cuando estas se abandonan, no solo se deteriora la imagen de quien las transgrede, sino también la calidad de nuestra convivencia democrática.