El 28 de julio de 2026, cuando Keiko Fujimori jure como presidenta del Perú durante las celebraciones por Fiestas Patrias, culminará un recorrido político de quince años y cuatro intentos por alcanzar la Presidencia de la República. Sin embargo, ese logro personal marcará apenas el inicio de una tarea mucho más compleja: gobernar un país profundamente dividido, que la eligió por un margen de apenas medio punto porcentual sobre su rival, Roberto Sánchez.
Esa estrecha diferencia no constituye un simple dato estadístico. Refleja un país polarizado, donde el fujimorismo y el antifujimorismo continúan representando fuerzas políticas y sociales de considerable peso. En ese contexto, el nuevo gobierno deberá construir legitimidad más allá de las urnas, entendiendo que una victoria electoral, por sí sola, no garantiza la confianza ciudadana ni asegura la estabilidad política.
El segundo gran desafío será la gobernabilidad. Desde 2016, el Perú ha tenido ocho presidentes, una evidencia de la profunda fragilidad institucional que atraviesa el país. En ese periodo, el Congreso ha adquirido un protagonismo decisivo, utilizando mecanismos constitucionales como la figura de la incapacidad moral permanente para provocar la salida de varios mandatarios. Al no contar Fuerza Popular con mayoría absoluta en el nuevo Parlamento, la permanencia del gobierno dependerá, en buena medida, de la capacidad de Keiko Fujimori para construir consensos, establecer alianzas y mantener un diálogo permanente con otras fuerzas políticas.
La confrontación, que caracterizó buena parte de la política peruana en la última década, difícilmente podrá seguir siendo una estrategia viable. A ello se suma el problema que hoy más preocupa a la mayoría de los peruanos: la inseguridad ciudadana. La expansión del crimen organizado, el incremento de las extorsiones y la creciente sensación de inseguridad han convertido este tema en la principal preocupación nacional. La ciudadanía espera respuestas rápidas y efectivas. Si el nuevo gobierno logra recuperar el control en este frente, fortalecerá significativamente su legitimidad. Pero si los resultados tardan en llegar, la paciencia ciudadana probablemente será muy limitada.
En el ámbito económico, el panorama presenta claroscuros. El Perú mantiene fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos, con una inflación controlada y perspectivas de crecimiento moderadas. Sin embargo, esas cifras conviven con una realidad mucho menos favorable para millones de familias que enfrentan empleo precario, bajos ingresos e informalidad.
Los peruanos no esperarán únicamente discursos o anuncios; juzgarán su gestión por los resultados concretos
A ello se añaden desafíos urgentes, como la necesidad de reducir el déficit fiscal sin frenar la inversión, encontrar una solución sostenible para la situación financiera de Petroperú, enfrentar el avance de la minería ilegal y prepararse para los efectos que un eventual fenómeno de El Niño podría ocasionar sobre sectores clave como la agricultura, la pesca y el comercio.
Existe además un desafío menos visible, pero posiblemente más determinante: mejorar la capacidad de gestión del Estado. Durante años, los ciudadanos han percibido una administración pública lenta, burocrática e incapaz de responder con eficacia a los problemas cotidianos. Ningún programa de gobierno, por ambicioso que sea, podrá alcanzar sus objetivos si las instituciones encargadas de ejecutarlo continúan mostrando las mismas limitaciones.
Keiko Fujimori inicia, así, una etapa decisiva no solo para su trayectoria política, sino también para el país. Más allá del resultado electoral, tendrá la responsabilidad de demostrar que puede liderar un gobierno capaz de generar consensos, fortalecer las instituciones y responder con eficacia a las demandas de una sociedad cada vez más exigente.
Los peruanos no esperarán únicamente discursos o anuncios; juzgarán su gestión por los resultados concretos que sea capaz de ofrecer desde los primeros meses de mandato. En un país marcado por la desconfianza y la inestabilidad, esa será, probablemente, la prueba más difícil de superar.