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OPINIÓN/ Los Jinetes del Apocalipsis en el Congreso: Obstrucción, Caos y Desgobierno

Escribe: César David Gallo Lale


Teniente General FAP

Uno de los aspectos más preocupantes es la manera en que este grupo contribuiría, indirectamente, a la promoción del caos y de la delincuencia organizada. Al debilitar al  Estado y fomentar la desconfianza hacia las instituciones, generarían un terreno fértil para la expansión de la criminalidad, tanto interna como externa.

En la historia política del Perú, el Congreso ha sido escenario de debates, reformas y también de crisis. Sin embargo, en los últimos años, la percepción ciudadana ha cambiado drásticamente: de ser un espacio de representación nacional, ha pasado a convertirse, para muchos, en un campo de batalla donde ciertos actores no buscan legislar en favor de la nación, sino imponer agendas sectarias, obstruir el desarrollo y sembrar el caos.

Dentro de este panorama emergen cuatro figuras que, por su estilo confrontacional y sus discursos incendiarios, han sido bautizadas popularmente como los Jinetes del Apocalipsis : Sánchez, Nieto, López Chau y Belmont. Sus bancadas, integradas por sus simbólicos; pulpitos rojos;, no representarían un compromiso con la democracia, sino una estrategia para dinamitarla desde adentro.

El ingreso de estos diputados y senadores, junto con sus denominados; pulpitos rojos;, no fue un gesto inocente. El color rojo, históricamente asociado con la revolución, la lucha de clases, la sangre y, para algunos sectores, con el terrorismo, constituye un símbolo de confrontación. Más que representar propuestas, los pulpitos rojos; son presentados como estandartes de resistencia frente a cualquier intento de gobernabilidad.

En el acto inicial de juramentación marcaron la pauta: no vinieron a legislar ni a construir consensos, sino a erigirse como opositores sistemáticos, con un estilo teatral y provocador que buscaba más titulares que soluciones. Sánchez se ha caracterizado por un discurso incendiario, cargado de acusaciones, denuncias y frases efectistas. Su estrategia política se basa  en la confrontación directa, en señalar enemigos y en alimentar la narrativa de que el Congreso es un campo de batalla contra quienes no comparten su visión política ni la de sus pulpitos rojos

Sin embargo, detrás de esa retórica no se encuentran proyectos sólidos ni propuestas viables. Lo que predomina es una retórica del caos que paralizaría la discusión legislativa y convertiría cada sesión en un espectáculo mediático.

Nieto, estratega del obstruccionismo, ha asumido el papel de articulador+ dentro de este grupo. Su habilidad no radica en la construcción de leyes, sino en el bloqueo sistemático de iniciativas. Todo proyecto orientado al  desarrollo y a la modernización del Estado encontraría en él un férreo opositor. Su visión política parece reducirse a impedir que el gobierno avance, bajo la lógica de que el estancamiento favorece una narrativa de crisis permanente. En lugar de legislar, se dedica a dinamitar puentes de diálogo y a promover la desconfianza hacia las instituciones.

López Chau, el agitador intransigente, representa la faceta más sectaria del grupo. Sus discursos están impregnados de referencias ideológicas rígidas y de un tono mesiánico que divide al país entre ellos; y nosotros.  En lugar de buscar consensos, fomenta la polarización social, alentando revueltas y movilizaciones que, lejos de fortalecer la democracia, la debilitan. El papel de sus pulpitos rojos en el Congreso sería el de agitadores que promoverían la confrontación callejera como extensión de la política parlamentaria.

Belmont, el populista mediático, aporta al grupo su experiencia en la comunicación y la capacidad de convertir la política en espectáculo. Su estilo populista, cargado de frases simples y efectistas, busca conectar con el ciudadano desencantado, pero sin ofrecer soluciones concretas. Más que cumplir una función legislativa, Belmont y sus pulpitos rojos; utilizarían el Congreso como escenario para espectáculos políticos. Su aporte consistiría en amplificar el mensaje de caos y obstrucción, convirtiéndolo en tendencia mediática.


Lo más preocupante es que entre los pulpitos rojos no solo figuran los agitadores políticos antes mencionados y exterroristas, sino también cuatro exoficiales de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional.

Este hecho resulta particularmente grave porque, habiendo jurado lealtad a la patria y a Dios, su obligación como parlamentarios era ejercer un voto secreto, en conciencia y con fidelidad a sus principios y valores al momento de elegir las mesas directivas del Senado y de la Cámara de Diputados.

Sin embargo, estos exoficiales habrían vulnerado el carácter secreto del voto y comprometido su probidad e integridad al mostrar públicamente sus sufragios y cumplir, según esta interpretación, el mandato de sus líderes políticos en lugar de actuar conforme a su conciencia y responsabilidad frente a sus electores. La imagen de militares y policías, formados en la disciplina y el respeto por la institucionalidad, los reglamentos y las leyes,
sometidos a la voluntad de caudillos políticos, refleja, desde esta perspectiva, una renuncia a la esencia del parlamentarismo.

No votaron en conciencia, sino en obediencia, debilitando aún más la confianza ciudadana en el Congreso y defraudando a quienes depositaron su confianza en ellos. Se espera que, en el futuro, recapaciten, rectifiquen su actitud y actúen con independencia de criterio en las decisiones que adopte el Congreso en beneficio de todos los peruanos.

El denominador común de estos congresistas sería el obstruccionismo. No se trataría de una oposición legítima orientada a fiscalizar al gobierno, sino de una estrategia deliberada para impedir cualquier avance, bloqueando proyectos de ley que podrían beneficiar al país, promoviendo interpelaciones y censuras constantes para desgastar al Poder Ejecutivo y alimentando narrativas de crisis que justifiquen su presencia política.

Este obstruccionismo no solo paralizaría al Congreso, sino que también generaría un clima de inestabilidad que afectaría la economía, la inversión y la confianza ciudadana.

Uno de los aspectos más preocupantes es la manera en que este grupo contribuiría, indirectamente, a la promoción del caos y de la delincuencia organizada. Al debilitar al  Estado y fomentar la desconfianza hacia las instituciones, generarían un terreno fértil para la expansión de la criminalidad, tanto interna como externa. En lugar de combatir estos problemas, los llamados Jinetes del Apocalipsis y sus ; pulpitos rojos, según esta visión, los potenciarían mediante su discurso de confrontación y su práctica obstruccionista.

En este contexto, jinetes y pulpitos ; ya habrían demostrado públicamente que no actúan como representantes del pueblo, sino como protagonistas de  un drama político que busca destruir la institucionalidad.

La llegada de Sánchez, Nieto, López Chau y Belmont al Congreso, junto con sus pulpitos rojos y sus prácticas incendiarias, no representaría un compromiso con la nación, sino una amenaza para su estabilidad. Su papel no sería el de legisladores, sino el de obstructores sistemáticos, promotores del caos y detractores de la institucionalidad.

Este acto no constituye únicamente una falta política, sino también una grave transgresión ética y moral que hiere profundamente la confianza ciudadana. Desde esta perspectiva, quienes incurrieron en estas conductas deberían ser denunciados por la presunta vulneración del carácter secreto del voto parlamentario.

El Perú necesita parlamentarios que legislen con conciencia, que defiendan la democracia y que honren su juramento de fidelidad a la nación. Mientras los llamados Jinetes del Apocalipsis; continúen actuando en el Parlamento de la manera aquí descrita, el país permanecerá atrapado en una espiral de desgobierno, obstrucción y deterioro
institucional.

El Perú necesita un Congreso que legisle en favor del desarrollo, que construya consensos y que fortalezca la democracia

Terrorismo, servilismo, traición y cobardía: nunca más en el Perú.
¡Desterrémoslos!
¡VIVA EL PERÚ!

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