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OPINIÓN/ Para la Prevención, llegamos tarde

Escribe: Julio C. Villafuerte Osambela

Cada vez que nos acercamos a una nueva temporada de lluvias en el Perú, comenzamos a escuchar con mayor frecuencia una palabra casi mágica: PREVENCIÓN. “Hay que prevenir”.

La repetimos en discursos, reuniones, entrevistas y titulares. Sin embargo, prevenir también tiene calendario. Y para esta temporada debemos reconocer algo incómodo: para muchas de las acciones de prevención que necesitábamos, ya llegamos tarde.

Fuimos lentos.

Ordenar el territorio, evitar nuevas ocupaciones en zonas peligrosas, construir drenajes adecuados, desarrollar infraestructura resiliente o ejecutar soluciones definitivas en quebradas y ríos no son trabajos que puedan iniciarse pocos meses antes de las lluvias.

Debieron hacerse antes.

Pero tenemos además una costumbre que necesitamos reconocer: nos gusta decir que las cosas ya están hechas.

Tenemos planes, mapas, protocolos, reuniones, comités, simulacros y documentos que indican que estamos preparados. Cada institución puede mostrar lo que hizo y seguramente muchas acciones efectivamente se realizaron y se gastaron.

Pero después llueve.

Y demasiadas veces aparecen nuevamente los mismos reclamos, las mismas carreteras interrumpidas, las mismas quebradas activadas, las mismas inundaciones, las mismas familias afectadas y las mismas declaraciones de emergencia.

Entonces quizá necesitamos algo más difícil que elaborar otro plan: ser sinceros con nosotros mismos.

Si todos los años ocurre algo parecido y todos los años aseguramos que estábamos preparados, debemos aceptar que algo no está funcionando.

Porque en gestión del riesgo existe una diferencia enorme entre “lo hicimos” y “funcionó”.

Un documento terminado no detiene una inundación. Un protocolo que nadie conoce no organiza una evacuación. Una reunión no moviliza maquinaria. Y un mapa perfectamente elaborado, pero guardado en una oficina, difícilmente ayudará a una familia cuando una quebrada se active durante la madrugada.

La verdadera medida de nuestra gestión no debería ser solamente cuánto ejecutamos administrativamente, sino cuánto riesgo logramos realmente reducir y qué tan preparados estamos para responder.

Para esta temporada, muchas acciones preventivas ya no llegarán a tiempo.

Pero todavía podemos actuar.

Hoy nuestras prioridades deben ser reducir el riesgo existente y prepararnos.

Reducir significa intervenir aquello que aún podemos corregir: puntos críticos, cauces y drenajes, defensas vulnerables, carreteras, puentes y servicios esenciales.

Prepararnos significa aceptar que no solucionaremos todo antes de las lluvias y, por lo tanto, saber exactamente qué hacer cuando aquello que no pudimos corregir sea puesto a prueba.

Y para eso todavía tenemos tiempo.

Aquí aparece una responsabilidad urgente del Gobierno Nacional y de los gobiernos regionales: ayudar a los gobiernos locales a saber cómo hacerlo.

No basta decirle a un alcalde: prepárese”.

Muchos municipios tienen recursos limitados y capacidades técnicas reducidas. No podemos exigir una respuesta rápida en el territorio si previamente no proporcionamos las herramientas necesarias para construirla.

Desde los niveles nacional y regional debemos transformar rápidamente el conocimiento técnico existente en procedimientos sencillos, prácticos y ejecutables.

Cada municipio debería poder responder antes de las lluvias algunas preguntas elementales: ¿cuáles son mis principales puntos de riesgo?, ¿qué población está expuesta?, ¿quién recibe una alerta?, ¿quién decide?, ¿cómo avisamos a la población?, ¿por dónde evacuamos?, ¿dónde está la maquinaria?, ¿qué hacemos si fallan las comunicaciones?, ¿qué podemos resolver localmente y cuándo solicitamos ayuda?

No necesitamos necesariamente otro documento de cien páginas.

Necesitamos mapas sencillos, responsables identificados, comunicaciones probadas, recursos ubicados y ejercicios prácticos. Pensemos en cualquier distrito vulnerable del Perú.

Supongamos que la meteorología advierte la posibilidad de lluvias intensas y existe una quebrada que todos conocen porque ya se activó anteriormente.

La pregunta no debería ser: ¿Es Niño Extraordinario o Niño costero?.

La pregunta debería ser: ¿qué hacemos si se activan las quebradas o se desbordan los ríos? Podemos incluso probarlo antes de que ocurra.

Podemos incluso probarlo antes de que ocurra.

Imaginemos que son las tres de la mañana y una lluvia intensa incrementa rápidamente el peligro.

¿Quién recibe la información?
¿A quién llama?
¿Quién decide evacuar?
¿Quién alerta y orienta a los vecinos?
¿Dónde está la maquinaria?
¿Dónde está el lugar seguro?
¿Quién ayuda a las personas más vulnerables?
¿Quién solicita apoyo provincial o regional?
¿Y cuándo la región determina que necesita capacidades adicionales del Gobierno Nacional?

Si todas esas preguntas tienen respuestas claras, conocidas y comprobadas, odemos comenzar a decir que estamos preparados.

Si solamente existe un documento que dice que las respuestas están previstas, pero nadie sabe ejecutarlas durante un ejercicio, entonces no estamos preparados, aunque administrativamente aparezca lo contrario.

Por eso debemos comprobar.

La preparación tiene que construirse de abajo hacia arriba, porque cuando ocurre una emergencia la primera respuesta está necesariamente en el territorio.

  • El vecino está allí.

  • La comunidad está allí.

  • El municipio está allí.

Pero para que esa primera respuesta funcione necesitamos también trabajar e arriba hacia abajo.

El Gobierno Nacional y los gobiernos regionales tienen que proporcionar ahora conocimiento, información, metodología, capacitación, coordinación y recursos para fortalecer las capacidades locales.

No podemos exigir rapidez abajo si no construimos capacidades desde arriba.

Y todavía estamos a tiempo de hacerlo.

Porque durante una emergencia existe una variable que muchas veces olvidamos: el tiempo.

Cuando se activa una quebrada, se desborda un río o queda interrumpida una carretera, la población no puede esperar que toda la cadena administrativa termine de movilizarse.

La ayuda regional y nacional llegará y será indispensable.

Pero necesitará tiempo.

Por eso una respuesta reactiva, para ser efectiva, necesita rapidez. Y esa rapidez necesariamente comienza cerca del lugar donde ocurre el impacto.

También las familias deben participar. Conocer rutas seguras, identificar lugares de evacuación, proteger documentos y saber cómo actuar durante las primeras horas puede salvar vidas.

El sector privado tampoco puede permanecer fuera. Una empresa depende de carreteras, energía, agua, comunicaciones y trabajadores. Preparar planes de continuidad y coordinarlos con las autoridades significa proteger su propia operación.

Mientras hacemos todo esto, debemos continuar observando el océano y la atmósfera.

La ciencia irá reduciendo progresivamente la incertidumbre sobre la próxima temporada.

Pero no necesitamos esperar que el océano nos dé permiso para prepararnos.

Con El Niño o sin El Niño tendremos temporada de lluvias.

Quizá todavía no sepamos cuánto lloverá exactamente en cada lugar, pero conocemos muchas quebradas que se activan, ríos que se desbordan, carreteras que se interrumpen y ciudades con drenajes deficientes.
Eso debería bastar para actuar.

Y mientras reducimos y nos preparamos para esta temporada, debemos comenzar desde ahora la prevención de la siguiente. Necesitamos trabajar con dos calendarios simultáneos: reducción y preparación para las lluvias que vienen; prevención para las lluvias de los próximos años.

Porque volverá a llover.

Y debemos abandonar una cómoda costumbre: confundir “lo hicimos” con “funcionó”.

Si después de cada temporada volvemos a encontrar daños parecidos y escuchar los mismos reclamos, no basta mostrar cuánto gastamos, cuántas reuniones tuvimos o cuántos planes aprobamos.

Tenemos que preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿Funcionó?

Este año fuimos lentos para prevenir. Seamos sinceros.

Pero todavía estamos a tiempo de reducir, prepararnos y, sobre todo, comprobar.

Que el Gobierno Nacional y los gobiernos regionales ayuden ahora a los municipios, no solamente preguntándoles si tienen un plan, sino ayudándolos a comprobar si podrían ejecutarlo mañana.

Y si un alcalde responde que su distrito está preparado, hagamos algo revolucionariamente sencillo: probémoslo.

Porque después de tantos años de planes, simulacros multipeligros, emergencias, reclamos y reconstrucciones, quizá debamos aceptar una verdad elemental: Si todos los años ocurre lo mismo, entonces algo no está funcionando.

Reconocerlo no es fracasar. Fracasar sería volver a esperar que llueva, sufrir el desastre y después culpar a la naturaleza por una lluvia extraordinaria que, curiosamente, nos encuentra desprevenidos todos los años. Digo Yo.

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