El Perú parece un barco a la deriva, dirigido por un Presidente que no fue elegido por voto popular, enfrentando fuertes tempestades generadas por el Congreso e intereses partidarios.
La discusión política gira obsesivamente en torno a nombres, alianzas, vacancias, elecciones y legalidad, pero esa conversación – aunque necesaria – está dejando de lado una pregunta más incómoda y probablemente más importante:
¿Qué tipo de liderazgo necesita realmente el Perú para salir del laberinto?
Basado en un análisis elaborado con apoyo de inteligencia artificial sobre las ideas del reconocido psicólogo Daniel Goleman – autor de obras como Inteligencia emocional, Inteligencia social, Focus y El líder resonante crea más, entre otros, ha permitido enfocar el análisis en la realidad política peruana sobre lideres que pretenden gobernar el Perú.
¿Tenemos líderes capaces de gobernar emocional y socialmente un país fragmentado?
La respuesta, a la luz de los hechos recientes, no es alentadora.
La política peruana parece operar en un estado permanente de crisis. Ejecutivo y Congreso se enfrentan, se neutralizan o se ignoran. Las decisiones se toman bajo presión, muchas veces como reacción a coyunturas inmediatas, no como parte de una estrategia de Estado a largo plazo.
Tomando como marco los conceptos de Daniel Goleman sobre inteligencia emocional y social, el primer requisito del liderazgo es la capacidad de regular las propias emociones, que es la capacidad de reconocer, comprender y regular las propias emociones, porque sin ello, el poder amplifica los impulsos en lugar de contenerlos, principalmente en contextos de presión y crisis.
En el Perú, lo podemos ver en la clase política:
discursos confrontacionales
decisiones erráticas
incapacidad para sostener una línea de gobierno
Lo que refleja no es solo un problema político, sino un problema de gestión emocional del poder.
Uno de los rasgos más evidentes del escenario actual es la distancia entre la clase política y la ciudadanía. Tenemos conflictos sociales, protestas y descontento generalizado que no son fenómenos aislados, y se pueden corroborar en el Reportes Mensuales de Conflictos Sociales de la Defensoría del Pueblo, por ejemplo en enero 2026, existen 192 conflictos sociales: 165 activos, de los cuales 99 están en proceso de diálogo y 27 latentes; y el Reporte de Conflictos Sociales de la Secretaria de Gestión Social y Diálogo de la Presidencia de Consejo de Ministros , en enero de 2026, hay 113 casos activos de conflictividad social. Si bien difieren el número de casos, de acuerdo con la metodología aplicada, en ambos casos, estos números son constantes a través de los últimos 10 años.
En el Perú, el número constante de conflictos sociales sin resolver nos muestra la desconexión o falta de empatía:
respuestas tardías a conflictos sociales
incapacidad para anticipar crisis
narrativas oficiales que no reflejan la percepción ciudadana
El resultado es predecible: los conflictos escalan porque nadie los está leyendo a tiempo.
Nadie niega la necesidad de reformas políticas, pero estas fracasan, si quienes las operan carecen de inteligencia social, que plantea que los seres humanos están “programados para conectar” (Goleman, Inteligencia Social). Un líder que no entiende el malestar social no solo es ineficaz: puede tener costos graves para la gobernabilidad.
Otro rasgo dominante es la polarización. La política ya no busca persuadir, sino dividir. El adversario no es un interlocutor, sino un enemigo.
Debe entenderse que un líder no es neutral en términos emocionales, porque puede generar confianza o desconfianza, cohesión o fragmentación, estabilidad o ansiedad
Sin embargo, en nuestra realidad peruana, predominantemente el liderazgo político ha sido, en muchos casos, generador de incertidumbre y confrontación; y las consecuencias han sido erosionar la legitimidad del Estado, debilitar la confianza institucional y profundizar la división social
Gobernar no es solo tomar decisiones: es construir acuerdos; sin embargo, la política peruana muestra una incapacidad persistente para gestionar relaciones, predominando con alianzas de conveniencia, negociaciones tácticas y ruptura constante de compromisos a corto plazo.
El resultado es una paradoja:
Se exige gobernabilidad en un sistema donde nadie invierte en construirla.
El Perú no carece de profesionales preparados, ni de marcos normativos, ni de recursos técnicos. Lo que falta es más difícil de construir:
líderes que escuchen antes de reaccionar
líderes que regulen el conflicto en lugar de amplificarlo o convivir con ellos
líderes que entiendan que gobernar es, ante todo, gestionar personas
Un entorno político marcado por conflicto permanente genera la fatiga social, el rechazo ciudadano y la desafección democrática.
El liderazgo efectivo no consiste solo en tomar decisiones correctas, sino en influir positivamente en el estado emocional de quienes se gobierna.
Si el diagnóstico es correcto, entonces el problema no se resolverá únicamente con nuevas elecciones, reformas institucionales o cambios de gabinete.
Conclusiones
El problema central del Perú no es únicamente quién gobierna, sino cómo se gobierna. La discusión pública se ha centrado obsesivamente en nombres, alianzas y vacancias, descuidando el análisis del tipo de liderazgo que el país necesita para superar su crisis estructural.
Existe una carencia crítica de inteligencia emocional y social en la clase política peruana. La incapacidad para regular las propias emociones, gestionar conflictos y conectar empáticamente con la ciudadanía se manifiesta en discursos confrontacionales, decisiones erráticas y una distancia creciente entre el Estado y la población.
Los conflictos sociales persistentes durante la última década evidencian una falla sistémica de escucha y anticipación. La falta de respuestas oportunas y de narrativas que reflejen la percepción ciudadana provoca que los conflictos escalen innecesariamente, erosionando la gobernabilidad.
El liderazgo político predominante ha generado incertidumbre y confrontación en lugar de confianza y cohesión. La polarización, las alianzas de conveniencia y la ruptura constante de compromisos han profundizado la división social y debilitado la legitimidad del Estado.
La paradoja central es que se exige gobernabilidad en un sistema donde nadie invierte en construirla. No faltan profesionales preparados, marcos normativos ni recursos técnicos; lo que falta son líderes que escuchen antes de reaccionar, regulen el conflicto en lugar de amplificarlo y entiendan que gobernar es, ante todo, gestionar personas.
El liderazgo efectivo requiere influir positivamente en el estado emocional de quienes se gobierna. Sin esta capacidad, ni las nuevas elecciones, ni las reformas institucionales, ni los cambios de gabinete resolverán el laberinto peruano. El problema es, en el fondo, un problema de gestión emocional y social del poder.