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OPINIÓN/ Perú: potencial descubierto tiempo atrás…y todavía incomprendido por muchos peruanos

Escribe: Javier Gamboa

“El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. Y la frase sigue resonando hasta hoy.

Desde los siglos XVIII y XIX, el territorio peruano despertó fascinación en científicos, exploradores y aventureros que recorrieron América maravillados por la magnitud de sus recursos naturales, su geografía y el potencial de sus pueblos. Figuras como Alexander von Humboldt, Antonio Raimondi, Charles Darwin, Ernst Middendorf y otros viajeros europeos dedicaron años de sus vidas a recorrer montañas, desiertos, costas y selvas del Perú, convencidos de que este territorio poseía una riqueza extraordinaria y un futuro prometedor.

Humboldt observó el inmenso valor estratégico de los recursos sudamericanos y describió la singularidad geográfica y biológica del Perú con admiración científica. Raimondi, quizás el más enamorado del país, recorrió el territorio casi de manera épica catalogando minerales, plantas, recursos hídricos y capacidades productivas. Fue él quien dejó la célebre frase:

“El Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”.

Y la frase sigue resonando hasta hoy.

Porque, a pesar de siglos de evidencia sobre nuestra riqueza natural y potencial económico, el Perú continúa atrapado en una contradicción histórica: poseer enormes recursos y, al mismo tiempo, convivir con pobreza, informalidad, corrupción y frustración social.

Sin embargo, para entender honestamente esa contradicción, es necesario abandonar simplificaciones ideológicas. Durante décadas se ha difundido la idea de que todos los males del Perú fueron consecuencia exclusiva de la explotación extranjera o del llamado “saqueo internacional”. Es cierto que existieron abusos históricos y relaciones desiguales en distintos periodos vinculados al guano, el caucho, la minería y otros recursos.

Pero reducir toda la responsabilidad al inversionista extranjero es también una forma cómoda de evitar la autocrítica nacional.

El drama del guano no fue únicamente quién lo compró, sino cómo el propio Estado peruano desperdició una de las mayores bonanzas fiscales de Sudamérica sin construir infraestructura, educación, industria ni instituciones sólidas. El colapso del caucho no se explica solamente por intereses externos, sino también por la ausencia del Estado, la corrupción y la incapacidad de ordenar y proteger estratégicamente nuestros territorios amazónicos.

A lo largo de la historia republicana, demasiadas veces el Perú consumió riqueza en vez de transformarla en desarrollo sostenible.

Pese a ello, periódicamente resurgen discursos radicales que vuelven a proponer nacionalizaciones masivas y mayor control estatal como si esa fórmula no hubiese sido ya experimentada.

La experiencia del gobierno de Juan Velasco Alvarado dejó empresas estatales sobredimensionadas, ineficientes y profundamente politizadas. Muchas terminaron convertidas en focos de pérdida económica, burocracia y corrupción.

Y lo más preocupante es que, incluso durante los últimos 25 años posteriores a las reformas económicas iniciadas bajo Alberto Fujimori, muchas instituciones públicas se han deteriorado por captura política, improvisación y corrupción sistémica.

Paradójicamente, una de las pocas entidades que ha mantenido estabilidad, prestigio técnico y credibilidad ha sido el Banco Central de Reserva del Perú, precisamente porque logró mantenerse relativamente aislado de la manipulación política e ideológica.

La verdadera discusión entonces no debería ser “Estado versus empresa privada”, sino cómo construir instituciones fuertes que permitan transformar inversión en desarrollo real, empleo, infraestructura, innovación y bienestar social.

Y la evidencia está allí.

El proyecto gasífero de Camisea transformó la matriz energética del país, permitió reducir costos energéticos, impulsó industrias y generó más de decenas de miles de millones de soles para el Estado y las regiones mediante regalías y canon gasífero.

Del mismo modo, la minería moderna ha transferido más de decenas de miles de millones de soles por canon minero, regalías y derechos de vigencia a regiones y municipios del país durante las últimas décadas.

Sin embargo, muchas regiones continúan mostrando enormes brechas en agua potable, carreteras, salud, educación y seguridad.

La pregunta entonces es inevitable: ¿dónde quedó ese dinero?

La respuesta apunta nuevamente a la calidad de la gestión pública. Gran parte del problema no ha sido la ausencia de recursos, sino la pésima administración de muchos gobiernos regionales y municipales, marcados por improvisación, corrupción, sobrecostos, obras inconclusas y redes clientelistas. El mal uso del canon minero se convirtió, en demasiados casos, en símbolo de oportunidades desperdiciadas.

Y resulta especialmente preocupante que varios de los actores políticos que hoy aspiran a conducir el gobierno nacional provengan precisamente de administraciones regionales cuestionadas o deficientes, desde donde no lograron resolver problemas básicos pese a haber manejado presupuestos históricamente altos.

Porque la evidencia histórica mundial es contundente: los países que progresaron no lo hicieron aislándose de la inversión privada o extranjera, sino integrándose inteligentemente al mundo, atrayendo capital, tecnología, conocimiento y capacidades productivas. Ninguna gran economía moderna se desarrolló expulsando inversiones o destruyendo confianza.

El Perú moderno sus puertos, agroexportación, minería tecnificada, telecomunicaciones, infraestructura, energía y crecimiento macroeconómico no surgió del aislamiento económico, sino precisamente de la apertura, estabilidad y articulación con inversión nacional y extranjera.

Y hoy, además de los sectores tradicionales, aparecen nuevas dimensiones estratégicas que podrían redefinir el futuro nacional. El Perú posee ventajas geográficas extraordinarias para el desarrollo aeroespacial y aeronáutico. La cercanía al ecuador terrestre, las extensas zonas costeras, la ubicación sobre el Pacífico y espacios como Pisco convierten al país en una plataforma potencial para entrenamiento y mantenimiento aeronáutico especializado, incorporación de tecnología satelital e incluso futuros desarrollos vinculados a lanzamientos suborbitales y logística aeroespacial regional.

No es casualidad que visionarios y exploradores vieran al Perú como una nación con condiciones excepcionales. El problema nunca ha sido la ausencia de potencial, sino la dificultad histórica para organizarlo estratégicamente y proyectarlo hacia el futuro.

Por eso resulta preocupante que todavía existan sectores políticos radicales que persistan en difundir discursos trasnochados, desinformando o tergiversando la realidad económica, atacando permanentemente los pilares que sostienen el modelo macroeconómico peruano. Muchos de esos discursos prometen justicia social mientras destruyen confianza, espantan inversiones y debilitan precisamente las fuentes que generan empleo, crecimiento y recursos fiscales para combatir pobreza.

La historia reciente de América Latina demuestra que el populismo ideológico puede destruir décadas de avance económico en pocos años.

Hoy el mundo vuelve a mirar al Perú por su cobre, litio, biodiversidad, agricultura, energía, infraestructura portuaria y potencial estratégico sobre el Pacífico.

El país tiene nuevamente una oportunidad histórica. Pero esa oportunidad dependerá de nuestra capacidad de dejar atrás complejos ideológicos y entender que la riqueza no se genera sola: necesita inversión, estabilidad, reglas claras, seguridad jurídica y visión de largo plazo.

Quizás el verdadero homenaje a Humboldt, Raimondi y todos aquellos exploradores que admiraron el Perú no sea repetir sus frases, sino finalmente demostrar que este país puede dejar de ser “un mendigo sentado en un banco de oro” para convertirse, de una vez por todas, en una nación plenamente desarrollada, moderna y segura de sí misma.

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