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OPINIÓN/ ¿Un país con mala sangre?

Escribe: César David Gallo Lale

Teniente General FAP

 

En países con instituciones débiles y corrupción alta, la informalidad no es solo pobreza; es una estrategia de supervivencia ante un Estado que cobra, pero no protege ni resuelve.

Viendo lo acaecido en el país en todos los ámbitos y buscando una respuesta a lo que estamos viviendo, hice una retrospección hasta la conquista para encontrar explicaciones válidas a la miseria mental, prostitución sistémica y falta de valor y valores que imperan hoy en el pueblo peruano, “salvo esa honrosa minoría que no comulga ni se encuentra contemplada en los parámetros descritos”.

Desde hace más de 400 años, el alma de cortesanos, serviles, falsos, corruptos y traidores está impregnada en nuestra sangre; creo que es parte del ADN nacional. Convivimos con virreyes corruptos, caudillos traidores, presidentes genocidas, malas autoridades políticas y funcionarios públicos inmorales, sumados a putrefactos poderes del Estado.

Lo expuesto demuestra que la miseria mental, la prostitución sistémica, la falta de valor y valores y la corrupción no son un “accidente” peruano, sino un rasgo histórico recurrente que ha costado miles de millones en desarrollo perdido. Somos el único país del mundo que ostenta el récord de presidentes en una década, al igual que ministros (más de 300). Un país que, en el último decenio, ha tenido cinco presidentes presos y uno con arresto domiciliario por edad.

¿Qué calidad moral, valor, ética y virtudes han exhibido estas corruptas y criminales autoridades y funcionarios públicos en este decenio? Incluyo a los garantes de la constitución, resguardo de la nación y de la democracia (malas FFAA y policías), que en el golpe de Estado del genocida Vizcarra al Legislativo se vendieron al delincuente junto al TC, y que hace una semana tampoco advirtieron el golpe de Estado parlamentario del Legislativo al Ejecutivo, “censurando inconstitucional e ilegalmente al presidente”. No quiero imaginar por qué hicieron esto “los garantes”: ¿para preservar la democracia o para otorgar impunidad a estas organizaciones criminales del Estado?

Fue nauseabundo ver la venta de votos a cambio de cuotas de poder en el Legislativo.

¿Cómo se puede entender o justificar tanta miseria, corrupción moral y degradación ética, depravación, inmoralidad, deshonor, vicio y podredumbre?

La anemia mental es el primer gen que nos identifica. Un país con más del 50 % de su población que ha sufrido de anemia no puede razonar ni tener capacidad de reflexión, y, por lo tanto, no está facultado mentalmente para escoger a sus funcionarios públicos.

El segundo gen es el del “más sabido”, que en realidad es un tremendo sonso, porque no entiende bien por qué nació, midió su desarrollo y vive en un país donde todo se vende, políticos, partidos, congresistas, militares, policías, fiscales, jueces, trámites, licencias, donde el 70 % de los negocios son informales y donde la mayoría de la gente funciona con el “¿y cuánto para mí?”, es decir, bajo la famosa “ley de la criollada”. Hay tesis universitarias y estudios antropológicos que la analizan como una cultura de la transgresión normalizada: “si no saco mi parte, soy un retrasado”.

El tercer gen es el de la informalidad, que nos proyecta a la característica económica más visible de un peruano. Si la corrupción es el cáncer político-institucional, la informalidad es su manifestación cotidiana en la economía. Según los datos más recientes del INEI, aproximadamente el 70,7 % de la población ocupada trabaja en condiciones informales (sin derechos laborales, sin protección social, sin aportes previsionales). En zonas rurales la cifra supera el 94 %, mientras que en áreas urbanas ronda el 65 %.

¿Por qué persiste tan alto? Porque formalizarse implica trámites caros, lentos y llenos de “propinitas” o “agilizadores”. Es más barato y culturalmente aceptado operar en la informalidad, donde la regla es la misma: “la ley del más vivo”. En países con instituciones débiles y corrupción alta, la informalidad no es solo pobreza; es una estrategia de supervivencia ante un Estado que cobra, pero no protege ni resuelve.

Duele decirlo, ofende, pero también nos obliga a mirarnos al espejo. No todo peruano es así, claro. Hay millones que luchan por la honestidad

La expresión “país prostituido” no es nueva; se usa bastante para denunciar mafias que capturan el Poder Judicial, fiscales que negocian impunidad y congresos donde los votos se pesan en dólares o en cargos, y nos lleva al extremo de comparar al país entero y a sus ciudadanos con una prostitución generalizada: nadie confía en nadie, el “favor” siempre tiene precio y el largo plazo (inversión seria, reputación, confianza) pierde frente al corto plazo (“saco mi parte ahora”).

Duele decirlo, ofende, pero también nos obliga a mirarnos al espejo. No todo peruano es así, claro. Hay millones que luchan por la honestidad: emprendedores formales, jueces íntegros, policías y militares que arriesgan la vida sin exigir nada a cambio, ciudadanos que votan sin venderse. Pero mientras la regla predominante siga siendo “¿y cuánto para mí?”, mientras el 70 % viva en la informalidad y mientras la corrupción siga siendo sistémica, la metáfora seguirá pegando porque describe una parte abrumadora de nuestra realidad.

El primer paso para dejar de ser “país prostituido” no es negar el diagnóstico. Es aceptarlo, nombrarlo y empezar de verdad a cambiar las reglas del juego: instituciones fuertes, justicia independiente, simplificación de trámites sin coimas, educación cívica que rompa la “ley del más vivo”.

La metáfora del “país prostituido”, donde políticos, jueces, policías, fiscales, militares y burocracia se venden, los votos y trámites tienen precio, la informalidad domina y la gente vive con el “¿y cuánto para mí?” como norma, no es exclusiva de Perú. Es un patrón regional estructural, agravado por crimen organizado, debilidad institucional y ciclos históricos de impunidad.

Y así nos encaminamos hoy a elecciones en seis semanas, con más de la mitad de los votantes irreflexivos, sumados a la payasada electoral y a la prontuariada oferta de candidatos a continuar gobernando el hoy nauseabundo Estado Peruano.

¿Será por mala sangre o ADN prostituido el resultado de estas elecciones 2026? ¿Qué será?

¡Estamos advertidos!

¡COMUNISMO Y TERRORISMO NUNCA MAS EN EL PERU!

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