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OPINIÓN/ Gobernar mirando el retrovisor: el riesgo de confundir la memoria con el destino

Escribe: Fernando Peña Aranibar

Perú necesita gobiernos que miren hacia adelante. Necesita liderazgo, pero también prudencia; necesita autoridad, pero también transparencia; necesita memoria, pero no dependencia del pasado.

 Existe una amenaza permanente en la política: creer que los problemas del presente pueden resolverse reproduciendo las fórmulas del pasado. La historia, ciertamente, ofrece lecciones, experiencias y referencias indispensables; pero cuando se convierte en una obsesión o en un ancla, termina por impedir la construcción del futuro.

Si algo debería comprender todo lider político que aspire a gobernar un país es que cada época responde a tiempos y circunstancias históricas irrepetibles.

El momento que le correspondió enfrentar a Alberto Fujimori fue uno; el que eventualmente tendría que afrontar Keiko Fujimori es otro completamente distinto. Pretender gobernar el Perú contemporáneo mirando permanentemente el retrovisor constituye un error político de enormes proporciones.

No se trata de negar que el gobierno de Alberto Fujimori tuvo aciertos que una parte importante del país continúa reconociendo. Sería intelectualmente deshonesto desconocer el contexto de violencia y crisis económica que enfrentó el Perú en aquella época. Sin embargo, sería igualmente irresponsable olvidar que ese mismo gobierno estuvo marcado por graves cuestionamientos vinculados a violaciones de derechos humanos, restricciones a la libertad de prensa y una corrupción sistemática que terminó comprometiendo la legitimidad del propio régimen.

Por ello, cualquier intento de reivindicación histórica no puede convertirse en un proyecto de repetición política. La nostalgia nunca ha sido un programa de gobierno.

El Perú que hoy existe es un país fragmentado, desconfiado, cansado de la polarización y profundamente escéptico respecto de su clase dirigente. Un país donde millones de ciudadanos ya no esperan discursos épicos ni reediciones del pasado, sino respuestas concretas a problemas urgentes: inseguridad, informalidad, precariedad institucional y ausencia de oportunidades.

Ya llegada al gobierno, Keiko Fujimori, el principal desafío que tiene ante sí será demostrar que es capaz de construir una identidad política propia, acorde con las necesidades y exigencias del Perú del siglo XXI.

Y si existe un propósito de reivindicación de su apellido, este no debería buscarse en la reproducción de estilos de gobierno ni en la evocación permanente de una etapa histórica ya concluida. La verdadera reivindicación solo podría construirse a partir de una gestión caracterizada por la honradez, la honestidad, la corrección en el manejo de la cosa pública y un compromiso irrestricto con la institucionalidad democrática.

El Perú necesita gobiernos que miren hacia adelante. Necesita liderazgo, pero también prudencia; necesita autoridad, pero también transparencia; necesita memoria, pero no dependencia del pasado.

Caminar mirando el retrovisor nunca ha sido una buena forma de conducir un país. La historia debe servir para aprender, no para quedarse viviendo en ella. El Perú necesita futuro. Y la presidente Keiko Fujimori deberá entender que las naciones no avanzan repitiendo sus recuerdos, sino construyendo el puente entre su memoria y su esperanza, y trazando el mapa de su propia historia. 

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