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OPINIÓN/ Perú en la antesala: incertidumbre, desafíos y la oportunidad de la duda razonable

Escribe: Eco. José Soto Lazo

jsoto2503@gmail.com

La esperanza no se pierde, se pone a prueba, y el tiempo, no el pronóstico anticipado, será el que dictamine si aquella era infundada o si, por el contrario, tenía razón de ser.

A solo veinte días de que un nuevo gobierno asuma la presidencia del Perú, hablar de perder la esperanza resulta un gesto comprensible pero quizás apresurado. Esa sensación de desánimo que ya empieza a instalarse en un sector importante de la población no nace de la nada, sino del desgaste acumulado de años de inestabilidad política, de promesas incumplidas y de una clase dirigente que ha demostrado, una y otra vez, estar más preocupada por sus propios intereses que por los de la ciudadanía. Sin embargo, declarar el fracaso de una gestión que todavía no ha comenzado es una postura que, más que ayudar, puede profundizar la crisis de legitimidad que ya arrastra el sistema político peruano.

Es cierto que el camino no es sencillo. La elección fue resuelta por un margen tan estrecho que refleja una sociedad dividida, donde casi tantos peruanos rechazan al nuevo gobierno como los que lo apoyan. Esta polarización no es nueva, pero se agudiza cada vez que una administración asume con un respaldo tan frágil, lo que dificulta la gobernabilidad desde el primer día. Para quienes no votaron por la opción ganadora, la incertidumbre es enorme: temen que las políticas de mano dura en seguridad o los ajustes económicos terminen afectando a los más vulnerables, o que la concentración de poder en un solo
grupo repita vicios ya vistos en el pasado reciente.

Pero también es verdad que la presidenta electa ha intentado, en sus primeros mensajes, tender puentes. Ha dicho que gobernará para todos, que el hecho de pensar distinto no convierte a nadie en enemigo y que está dispuesta a escuchar a quienes no votaron por ella. Esas declaraciones, por supuesto, no disipan todas las dudas, pero al menos abren una puerta a la posibilidad de que el ejercicio del poder sea distinto a lo que muchos temen. Dar el beneficio de la duda no es ingenuidad, es simplemente reconocer que un gobierno solo puede ser juzgado por sus hechos, no por los pronósticos que se hacen antes de que empiece a gobernar.

Perder la esperanza a los veinte días de iniciado un mandato es, en el fondo, un lujo que el país no puede darse. El Perú enfrenta desafíos urgentes que no esperan: la inseguridad ciudadana crece sin control, la economía muestra signos de estancamiento, la informalidad laboral alcanza cifras alarmantes y los fenómenos climáticos golpean con dureza a las poblaciones más vulnerables. Ante semejante panorama, la ciudadanía necesita que el gobierno funcione, más allá de las simpatías o antipatías que despierte su origen. Una presidenta débil, cuestionada desde el minuto uno y sin margen de maniobra, termina siendo un problema para todos, incluidos aquellos que nunca votaron por ella.

La esperanza, más que perderse, debería transformarse en otra cosa: en vigilancia activa, en exigencia de resultados, en participación crítica pero constructiva. No se trata de bajar los brazos ni de aceptar pasivamente lo que venga, sino de entender que la democracia no termina el día de las elecciones, sino que empieza al día siguiente. La oposición tiene todo el derecho de fiscalizar y de señalar aquello que considere injusto o peligroso, pero hacerlo desde el inicio con un discurso de derrota anticipada solo contribuye a la ingobernabilidad y a la sensación de que ningún proyecto es viable en el Perú.

Los primeros meses serán determinantes. Las decisiones que tome el nuevo gobierno en materia de gabinete, políticas sociales y manejo de la crisis de seguridad enviarán señales claras sobre su verdadera orientación. Si logra demostrar que está dispuesta a gobernar con transparencia, diálogo y eficiencia, muchos de los temores iniciales podrían disiparse. Si, por el contrario, repite los vicios de la cerrazón y el verticalismo, entonces sí tendremos razones sobradas para perder la esperanza. Pero eso aún no ha ocurrido. Veinte días no son suficientes para decretar el fracaso ni para rendirse ante el desaliento. Tal vez, en lugar de dar por perdido el futuro, valga  la pena esperar, observar y, sobre todo, exigir.

La esperanza no se pierde, se pone a prueba, y el tiempo, no el pronóstico anticipado, será el que dictamine si aquella era infundada o si, por el contrario, tenía razón de ser.

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