Tengo la intuición de que Balcázar no se detendrá y nos dará una sorpresa amarga, incluso el mismo 28 de julio. Estamos avisados.
Soy de los que se inscribieron en el más profundo escepticismo aquel fatídico 18 de febrero del presente año cuando, por 64 votos, el Congreso elevó al parlamentario José María Balcázar al ejercicio transitorio de la jefatura del Estado. Como ya nos tenía acostumbrados, un sector nefasto del Legislativo vomitaba otra de sus borracheras de componendas subalternas y despreciables.
Balcázar era un viejo conocido del prontuario legal y moral del país. Mientras sus compinches de curul marcaban entusiastas su nombre en las cédulas para definir al sucesor de José Jerí, las redes sociales ardían en advertencias sobre la calaña del sujeto próximo a ceñirse la banda presidencial.
Ahí salía a flote su postura respecto de normalizar las relaciones sexuales tempranas y el matrimonio infantil. «De 14 para arriba no hay ningún impedimento. Todos tienen relaciones sexuales: profesores con alumnos, maestras con alumnos, entre alumnos también. Eso está bien», dijo Balcázar, minimizando el riesgo de que una menor de edad violada sexualmente se case con su agresor y señalando que esos casos son «aislados» y que los responsables «generalmente van a la cárcel». Para colmo, Balcázar presidía la Comisión de Educación.
Por esos días, también justificó los comentarios del ex primer ministro del gobierno de Pedro Castillo, Aníbal Torres, quien calificó a la periodista Sol Carreño como «mala madre, peor esposa, hija también», debido a una investigación del programa televisivo Cuarto Poder, que ella conducía. Balcázar aseguró que estas frases «no tenían mala fe» y que estaban enmarcadas en el contexto de los debates políticos.
Y, por añadidura, estaba el proceso judicial abierto en su contra por apropiación ilícita de fondos del Colegio de Abogados de Lambayeque, institución de la cual fue decano y de la que posteriormente fue expulsado con demérito. También estaba su papel como defensor de abusadores sexuales, del cual surgieron los disparates argumentados en el Parlamento.
Disparates que han continuado en otros rubros y han avergonzado a todo el país. Sin embargo, no es que estemos frente a un octogenario poseído por la chifladura y al que debamos soportar por inercia. No. Balcázar ha demostrado en cinco meses una maligna lucidez que deja sembradas muchas trampas y bombas de tiempo para la administración de Keiko Fujimori.
Un tema visible son las leyes aprobadas por el Congreso que perforan la caja fiscal y vuelven permanente el gasto público con ingresos transitorios generados por la alta cotización de los metales exportados. Leyes que no han sido observadas por el Ejecutivo, sino más bien aplaudidas por el inocuo ministro de Economía.
También están la remoción, el nombramiento o la recolocación de más de 75 funcionarios públicos, 50 de ellos en tan solo un mes, luego de culminado el proceso electoral. El último tributo que le rinde al golpista y acusado de corrupción Castillo Terrones —a quien desea amnistiar— ha sido nombrar por 17 días al congresista Flavio Cruz como ministro de Trabajo.
Ha hecho bien el titular de la comisión de transferencia de Fuerza Popular, Marco Vinelli, al dirigirse al presidente del Consejo de Ministros para solicitarle que detenga esta cascada de designaciones de última hora, que despiertan fundadas sospechas de intenciones bajas. Pero tengo la intuición de que Balcázar no se detendrá y nos dará una sorpresa amarga, incluso el mismo 28 de julio. Estamos avisados.