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OPINIÓN/ La lección del Eclesiastés para el nuevo gobierno del Perú

Escribe: Alberto Carpio Ávila.

Coronel FAP

En un país tan diverso como el Perú, gobernar es, ante todo, la responsabilidad de convertir esa diversidad en una fuerza de unidad y no en una fuente permanente de fragmentación.

Las elecciones han concluido, los votos han sido contados y la democracia se ha afianzado. Sin embargo, cuando el nuevo gobierno asuma sus funciones, comenzará una tarea mucho más difícil que ganar una campaña electoral: gobernar un país que llega a este nuevo ciclo político con profundas divisiones y con una ciudadanía que, en muchos casos, depositó su voto más por descarte que por entusiasmo.

Si el resultado de la primera vuelta mostró que la opción vencedora obtuvo solo una parte del respaldo ciudadano, ese hecho no debería verse como una simple estadística electoral. Debería interpretarse como un mensaje político de enorme importancia: una parte significativa del Perú espera ser escuchada y representada.

En una democracia, la legitimidad legal nace de las urnas; pero la legitimidad política se construye cada día mediante decisiones justas, diálogo permanente y respeto por todos los ciudadanos, incluso por quienes no votaron por el gobierno.

En ese contexto, un antiguo libro bíblico ofrece una reflexión sorprendentemente actual “El Eclesiastés”, escrito hace más de dos mil años, recuerda que “hay tiempo de derribar y tiempo de edificar; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de la guerra y tiempo de la paz”.

El Perú ya ha vivido demasiados años de confrontación política. Hemos visto gobiernos enfrentados con el Congreso, congresos enfrentados con el Ejecutivo, regiones enfrentadas con Lima, ciudadanos enfrentados entre sí y un debate público donde la descalificación ha reemplazado con demasiada frecuencia al diálogo. El resultado está a la vista: instituciones debilitadas, inversiones postergadas, desconfianza creciente y una sociedad que muchas veces parece olvidar que, más allá de las diferencias
ideológicas, todos compartimos un mismo destino nacional.

Quizá haya llegado el tiempo de edificar.

Edificar instituciones que recuperen la confianza ciudadana.

Edificar consensos mínimos que trasciendan los períodos de gobierno

 

 Edificar políticas públicas que sobrevivan a los cambios de administración. Edificar una cultura política donde el adversario no sea considerado un enemigo.

 

El Eclesiastés también recuerda una verdad que todo gobernante debería tener presente: el poder es transitorio. Ningún presidente, ningún ministro, ningún congresista y ninguna mayoría política permanecen para siempre. Todos pasarán. Lo único que quedará será el país que dejen a la siguiente generación.

Esa conciencia de la transitoriedad debería ser una fuente de humildad. Gobernar con humildad no significa renunciar al liderazgo ni a las convicciones. Significa comprender que ninguna fuerza política posee por sí sola todas las respuestas y que las mejores decisiones suelen surgir cuando se escucha a quienes piensan distinto.

El Perú posee una enorme riqueza cultural, geográfica y humana. Esa diversidad debería convertirse en nuestra principal fortaleza y no en una excusa para la polarización. Las diferencias regionales, sociales o ideológicas no desaparecerán, ni sería deseable que lo hicieran. La verdadera democracia no consiste en eliminar las diferencias, sino en construir un proyecto común que permita convivir con ellas.

La experiencia internacional demuestra que los países que alcanzan un desarrollo sostenido son aquellos capaces de construir acuerdos de largo plazo en materias fundamentales como la educación, la seguridad, la salud, la infraestructura, la justicia y la estabilidad económica. Ninguno de esos objetivos puede alcanzarse si cada cambio de gobierno implica empezar nuevamente desde cero.

El pueblo peruano no espera gobernantes perfectos. Espera gobernantes prudentes. Espera autoridades que sepan reconocer errores, corregir el rumbo cuando sea necesario y convocar a los mejores profesionales sin preguntar primero por su militancia política. Espera un gobierno que comprenda que el éxito de una administración no se mide únicamente por el crecimiento económico o la ejecución presupuestal, sino también por la capacidad de fortalecer la cohesión social y restaurar la confianza entre los peruanos.

El Eclesiastés enseña otra lección igualmente valiosa: el tiempo pasa para todos. Las campañas electorales terminarán. Los discursos serán olvidados. Los enfrentamientos políticos ocuparán unas cuantas páginas en los libros de historia. Lo que permanecerá será el legado institucional y moral que deje cada gobierno.

Por ello, quizá la pregunta más importante que deberían hacerse las nuevas autoridades no sea cómo asegurar la próxima victoria electoral, sino qué clase de Perú desean entregar cuando concluya su mandato.

Porque el poder pasa. Las personas permanecen. Y la historia suele recordar con mayor gratitud a quienes unieron a su pueblo que a quienes profundizaron sus divisiones.

Si el nuevo gobierno comprende esa verdad, habrá entendido una de las enseñanzas más profundas del  Eclesiastés: la verdadera grandeza del poder no consiste en imponerse sobre los demás, sino en ejercerlo con humildad, prudencia y un compromiso inquebrantable con el bien común. En un país tan diverso como el Perú, gobernar es, ante todo, la responsabilidad de convertir esa diversidad en una fuerza de unidad y no en una fuente permanente de fragmentación.

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